lunes, 2 de enero de 2012

Garitas.

Decidí distraerme de la gripe escribiendo un poco...si es que hasta de la enfermedad se saca algo bueno. Espero que disfruten y, si lo consigo, que aprendamos un poco. Un abrazo!!!


GARITAS
            Poca gente no se olvida de que en cierto modo, la guerra civil comenzó en Las Islas Canarias, más concretamente en Telde. Quizás por ello ocurrió el efecto de la concha del caracol que obliga a que todo vuelva a su punto de origen y de ahí que las costas de esta ciudad fueran plagadas de nidos de ametralladoras hechas con las piedras playeras previendo una defensa contra ataques que jamás llegaron, pero que aun así angustiaban a los isleños que desconocían su porvenir tanto como su pasado, ante la idea de que una bomba, una bala o un caudillo podría romper la pausa atlántica…una angustia mayor a la de la propia guerra, ya que, no existe un terror comparable al que solo es una imagen dentro del cráneo.
            No hubieron batallas en el archipiélago, aunque sí posteriores matanzas amparadas en la ley de la España una, grande y libre, así como resolución de rencillas locales durante el conflicto, tanto de encarnados como de sublevados, pues lo de que los atlantes se destruyan mutuamente en lugar de mirar juntos hacia el verdadero enemigo es algo que viene de muy viejo. Asesinatos de guerra: de eso si que tuvimos en las afortunadas y no es de extrañar, pues cuando estalla una masacre entre vecinos no estás matando a un moro cuyo nombre te es impronunciable: a ese le pegas un tiro y te ponen una chapa en el pecho. En las guerras civiles estás matando a Paco Pepe, quien no quiso prestarte el dinero para pasar el mes haciendo que perdieras tu casa…Disparas contra el hijo de los Betencourt que montaron una pastelería a dos pasos de la tuya, pero mejor, consiguiendo que no te quedase otro remedio que alimentarte con el harina de tu negocio….Violas a María que se negó a ser “tuya” durante tiempos de paz y ahora aprovechas que nadie te mira mal, sino que te aplauden los de tu bando, porque ella no es una mujer, María ya no es María, ahora es una detractora/defensora del sistema y se merece toda vejación, dolor y podredumbre que puedas proporcionarle: después de todo lo haces por el bien de tu país, de su país, lo haces por ella, ya que, María, al igual que la otra mitad del Estado, no sabe lo que le conviene y tú, sea del modo que sea, vas a enseñárselo. En las guerras civiles uno no mata por dinero, ideales de ceniza o por llenarse la barriga: en estas clase de guerras uno se echa la escopeta al hombro buscando la venganza, la satisfacción psicopática –morbosa incluso-y el ajuste de cuentas que en tiempos relativamente civilizados se te niega. ¿Deseas ser un héroe? Una vez acabada la guerra, coge a un niño casi de teta, dispara en las rodillas a su padre  el farmacéutico, el que no te vendió las medicinas de tu mujer porque las guardaba para otro cliente  y oblígale a mirar mientras partes el esqueleto del bebé con el sacho y cuando acabes, te acercas al cuartel del bando vencedor –no importa que no comulgue con tus principios- y lo denuncias como conspirador: te aseguro que nadie se molestará en comprobarlo, créeme…habrás dado fin al problemilla con tu vecino por el módico precio de dos vidas, una mentira y un alma: una ganga en comparación a la que se te vendría encima durante períodos pacíficos.
            De esa forma transcurrió la revolución para los isleños, salvo para uno, que se sepa. A Manolo “el Bello” la guerra le estalló haciendo la mili en el centro y cuando lo llamaron a filas estaba comiéndose un pescado de esos insípidos que nunca han tenido que pelear contra el agua salada, bañado con un buen vaso de vino: este almuerzo aun sin el Bello saberlo, fue un cínico símbolo de lo que le estaba por venir…incluso por primera vez los ojos del pescado que estaba comiendo cobraron personalidad y miraron a Manolo con malicia antes de ser devorados: que bien sabe la gelatina ocular cuando se te desparrama entre los dientes.
            No se sabe cuantos enemigos mató el Bello ni tampoco en que creía ese hombre. Se pasaba el día casi completo borracho de arriba abajo para soportar la fealdad de a guerra…pero no hablo de las batallas: sus compañeros lo ridiculizaban instante tras instante por su acento, por su inutilidad para todo lo que no fuese apretar el gatillo, por su inadaptada voracidad y, especialmente, por su cara infectada por las marcas de la viruela: tenía tantos hoyos en la piel que parecía que millones de moscas a diario le escarbaban los cachetes formando agujeros donde ponían sus huevos…más tarde, las larvas de estos huevos subcutáneos rompían el cascarón, devoraban la carne, huían de la peste del hombre nada más lograr las alas y dejaban tras de sí los surcos del nacimiento. Insultos, palizas y violaciones: así transcurrió el conflicto para él. Normal que se cegara matando personas oculto en las trincheras. No por una cuestión de odio –en ese caso las balas habrían ido en la dirección contraria- ni tampoco por aliviar su frustración: el Bello nunca encontró en sus años algo para lo que valiera, algo en lo que ser bueno, algo por lo que los demás tuvieran un motivo para acariciarle el lomo, darle unas palmaditas y puede que incluso una palabra amable si se terciaba, hasta el momento de la guerra. Matar. Para este hombre era algo así como un deporte, un entretenimiento que lo hacía olvidar –los niños de ocho años hacen lo mismo por medio de la play- y, la verdad que matar, era una cosa que Manolo hacía genial. Tampoco sorprende que alguien que estuvo siempre desprovisto de vida fuese tan acertado finalizando la de los otros.
            Tres años y estalla la paz. El Bello, ahora cabo primero, que siempre mantuvo la mirada perdida y la boca constantemente entreabierta, igual que un mero, de repente juntó los labios y llenó sus pupilas con tristeza, decepción, incertidumbre. ¿Ahora qué? Durante la belicosidad cuantos más cadáveres más status, pero durante la paz…Seguro que si el Bello hubiese sido alguien de cara a la historia oficial, habrían escrito que fue el primer soldado que se entristeció por vencer una guerra. ¿A qué dedicarse?¿De qué manera sobreviviría?¿Cómo se iba a entretener ahora? Para olvidarse de su vida todavía le quedaba el vino, pero sin poder matar de forma legalizada, los recuerdos iban a esponjarle el cerebro hasta llegar al centro, justo de donde nadie puede sacarlos y estarían día y noche chillándole, acosándole, torturándole…y no serían gritos que le recordarían quien es, sino alaridos susurrantes que le recordarían que no es. Y allí estaba con su boquita de piñón cerrada, sus ojitos como los de un niño que se suelta en el mercado de la mano de su madre y antes de poder reaccionar ya estaba de vuelta a las islas con una paga de militar más simbólica que práctica y viviendo en una garita de las que se usaron como nidos de ametralladors, junto a la costa de Telde: al Bello la muerte, el mar y la guerra lo acompañarían siempre.
            Su garita era pintoresca. Incrustada entre los callados como uno más, solo que gigante, al lado de un bufadero que no paraba de resongar furiosamente y salpicar agua hora, tras hora, tras hora…mojando la casa del Bello. A él le gustaba salir y sentarse en una piedra a no mirar el infinito con los ojos extraviados dejándose manchar por el agua. Esporádicamente vivía. Se sustentaba trabajando como tripulante en barcos pesqueros y también gracias a lo que lograba arrebatarle al Atlántico ya fuera con su caña al agua o con su cuchillo a las rocas. La voracidad del Bello no se perdió con la paz y su apetito muchas veces lo empujaban a devorar vivos lapas, caracoles, sargos, o viejas…parecido al sushi, pero sin arroz. Gustaba de introducir a los peces por la cola, no tanto para causarles sufrimiento, sino para notar el contacto de su cola contra el paladar: le agradaban esos golpitos. Llegaba hasta la base de la cabeza en dos bocados y, por el camino, la sangre y varias espinas se le vertían sobre el pecho. Nunca se comía la testa –aunque sí los ojos- y solía botarla por encima de su hombro sin mirar, a donde callera, dentro o fuera de la garita, era indiferente. Las personas que caminaban por el paseo que se había ido construyendo en la costa teldense, sentían al unísono repugnancia y tristeza hacia Manolo…pero la primera siempre ganaba a la última y pocas veces le dirigían palabras a su vecino: algún hola, alguna burla alejada, poco más. Él los miraba sonriente con una risotada gutural mientras enseñaba la cabeza del pescado. En el fondo, también le escupían cierto cariño superficial, porque el Bello, en la costa, encontró otro nuevo desempeño que no se le daba mal…ironías, pero se le daba bien salvar: a lo largo de los años muchos cayeron en la playa de las garitas y Manolo los salvó uno por uno gracias a su peculiar destreza para el nado. Todos le daban las gracias –así está estipulado, es una ley social, incluso cuando es Manuel el Bello quien te rescata- y él por “de nada” dejaba oír su risita gutural.
            Hoy no es distinto. Un niño se resbala con el sanchasqui, rueda por los callados, rasguñándose la carne, con tan mala pata que se cae directo al bufadero. El Bello no se lo piensa, se saca la cola de su boca de piñón entre abierta y se tira al agua a por el niño a quien coge por el fondillo del culo –apenas pesaría quince kilos- y consigue ponerlo sobre las rocas. Pero este día sucedió algo diferente: los curiosos que estaban arremolinados contra la barandilla del paseo, no vieron salir de nuevo a Manolo. No oyeron su risa gutural. No supieron de él.
            Llegan los de las sirenas y atienden al niño. Transcurrió tanto tiempo entre el socorro y su llegada que fue más lógico dar por muerto al Bello que tratar de rescatarlo. Hombre sin familia que despertó la curiosidad de bomberos, vecinos y policías, los cuales entraron a la garita, hogar de Manolo y allí solo encontraron cadáveres de peces colocados artísticamente en una de las esquinas, un colchón amarillento, sin mantas, con olor a amoniaco, un balde-letrina y varios tetrabricks no de leche, presuponiblemente.
            La ley obligó a buscar los restos del exsoldado y así se hizo, aunque sin resultados: las morenas son pirañas atlánticas y no perdonan el cuerpo de un sicario pescador. Y otra ley, no tan de libro, obligó a hacer un último recordatorio –el primero en realidad- sobre Manolo el Bello en alguna parroquia de Telde a la que asistieron sus vecinos: entre todos no habían cruzado más de cincuenta palabras con el muerto. Descansa tranquilo Bello, tan tranquilo como curiosamente estaba el bufadero el día que te matastes.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Nuevo apoyo.

Otra estupenda baza en el blog: el escritor y estudiante de traducción e interpretación Vicente "Vince" que nos brinda su mano con su pagina "La magia del desastre"...Una literatura muy, muy peculiar en el sentido más positivo y amplio de la palabra. Espero que disfruten con la lectura de su blog al menos la mitad que yo mismo. Un saludo y gracias Vince!!!

miércoles, 21 de diciembre de 2011

¿Porqué elijo ser un luchador?

Doce úlceras en un ojo causadas por golpes y roces que me han quitado parte de la visión, artrosis en ambas rodillas por correr a diario desde hace diecisiete años, sordera parcial en el oído izquierdo de un golpe que recibí a los catorce, dos cicatrices en la cara por cortes, varios esguinces y cientos -quizá miles- de moretones. Sin contar las derrotas que he sufrido en competición, las parejas y amigos que tuve y no siguen a mi lado por dedicarle más tiempo al gimnasio que a su compañía o la dificultad enorme que conlleva compaginar varias horas de entrenamiento diario con trabajo y estudios…Y aún así, después de más de diecisiete años, sigo siendo un luchador. Hay quién me pregunta que porqué…esta es mi respuesta:         
   Los seres humanos tenemos una fuerza, una chispa, una especie de monstruo interno que gruñe dentro de nuestra boca del estómago pidiendo salir, crecer, desarrollarse…tenemos la opción de silenciar ese monstruo convirtiéndolo en un ser domesticado y moribundo que nos obliga a arrastrarnos por la vida como sujetos medianos, desapercibidos o bien podemos alimentar su potencia y convertirnos en eso para lo que nacimos ser: héroes. Si tomamos la segunda opción la única forma, al menos adecuada, que existe para alimentar al monstruo es la búsqueda del autoconocimiento, el seguimiento de la disciplina y pelear firmemente por aquello en lo que uno cree sin perjudicar a terceras personas…es decir, la mejor forma de acrecentar a esa bestia es mediante la superación personal la cual sé, he comprobado con creces que se logra, entre otras cosas, por medio de las artes marciales. Y cuando hablo de superarse a través de estos deportes de contacto no me refiero solo al hecho de los combates en sí, más bien de lo anterior, del entrenamiento diario el cual no dura solo las horas que pasamos en el dojo, sino las veinticuatro horas que tiene un día ¿Imposible? Ni mucho menos: los artistas marciales que decidimos competir precisamos poseer una serie de cualidades psicológicas, técnicas y físicas determinadas, las cuales requieren a parte del día a día en el gimnasio el seguimiento de una dieta específica de la que pocas veces podemos librarnos –la ingesta mínima y hasta nula de alcohol y refrescos, no tomar “comida basura”, comer entre cinco y seis veces diarias, cortar hidratos de carbono a partir de las cuatro de la tarde y un larguísimo etcétera-, así como del eliminar horas de diversión y “fiesta” para tener el cuerpo y la mente lo suficientemente reposadas, invertir en sueño tiempo que podríamos pasar con nuestras familias…Como se ve ser artista marcial no es algo que se reduce al tatami, pero tampoco es algo que deba subyugar las vidas de quienes las practicamos: es simplemente adaptar en la medida de lo posible nuestras vidas a las artes marciales. ¿Y porqué compensa? En mi caso personal es por el hecho de poder decir “de lo que soy capaz de hacer”, lo cual no es una cuestión de ego –plagiando a Bass Rutten diré que cualquier buen luchador suda tanto o más cuando nadie le ve que cuando tiene un público- sino de aprendizaje: siempre que añado peso a una barra que voy a levantar, que me despierto a las seis de la mañana para irme a correr o que me almuerzo una ensalada en vez de una pizza soy consciente de que si “soy capaz de hacer” esas acciones por el simple hecho de ganar un combate, de lo que seré capaz de hacer por cosas realmente importantes en la vida como mi sobrina, mis estudios, mi trabajo…será algo enorme y es en ese punto cuando comprendo que para mi las artes marciales, ser mejor o peor en ellas, no es un objetivo en sí mismo, sino un punto de inflexión, una forma de aprendizaje que me enseña constantemente a ser una mejor persona en el día a día, en lo cotidiano, que después de todo, es el trozo más grande e importante de nuestro existir.
            Hasta este punto puedo resumir que practico artes marciales porque el esforzarme por medio de ellas para romper mis límites como peleador al mismo tiempo hace que rompa las barreras que me dificultan ser mejor persona. Pero además hago esta actividad y no otra porque al menos para alguien como yo es lo más arduo, doliente y sacrificado que conozco. Uno no solo no debe rechazar la adversidad y el sufrimiento que se encontrará cuando quiere conquistar un determinado objetivo, sino que debe incluso elegirlo y amarlo, llegar a un punto en el que adore y hasta busque pasarlo mal en el transcurso que le llevará a cumplir su sueño. Espero que no se me malinterprete: no pretendo hacer apología del masoquismo, ni mucho menos…tan solo trato de expresar que cuando alguien tiene dentro de sí mismo, junto con ese monstruo, un deseo, una meta, una razón de vivir, tiene que alejarse del camino fácil y seguro –seguro en el sentido de ya conocido, de ya precaminado- y buscar siempre el proceso más duro que le pueda llevar a lograrlo, pues lo más importante de un sueño no es la conquista en sí de este –eso debería ser tan solo un plus-, sino lo principal es el proceso que nos lleva a conseguirlo el cual nos permite conocernos, definirnos y hacernos como personas. Cuanto “peor” es ese proceso más fuerte nos hará, mayor será el grado de autoconocimiento porque nadie puede saber quien es realmente si no se encuentra cara a cara con el miedo, la duda y la dificultad, en el límite justo de sus posibilidades y trata de vencerlos –vencerse a  sí mismo en realidad- para saber hasta donde esta dispuesto a llegar por lo que quiere, por lo que cree, por lo que es importante en su vida. Una forma de poner esto en práctica en el gimnasio es algo tan simple como hacer sparrings con los compañeros más duros siempre que tengamos oportunidad, trabajar al ciento por ciento de la capacidad aunque el entrenador no lo haya pedido, refinar constantemente un movimiento en particular y practicar el que no sabemos hasta que salga…hechos tan simples que trasladados a fuera del tatami nos convertirán en hombres de honor.
            Además de lo anterior, está claro que el momento en sí de la competición es algo que merece la pena. El estado en el que uno se encuentra es algo muy contradictorio, paradójico…de alguna manera raya lo antinatural: en vez de evitar el dolor como sería lo instintivo te metes de lleno en él…sometes tu cuerpo, tu cerebro a niveles de estrés y tensión casi insanos…el corazón sufre unos cambios de ritmo que le hacen llegar a la taquicardia varias veces durante el combate…y así todo compensa pelear y mucho. El enfoque que debes tener en lo que estás haciendo es tan enorme que mientras luchas es como si la mente automáticamente supiese a que atender, que voces escuchar, que precisa mirar…y, por ello, mientras luchas, solo existes tú, el contrincante, Dios y tu esquina, más nada: no existe el público, no existe la derrota, no existe la victoria…tu tiempo es el presente, tu espacio es el tatami o el ring y lo único que hay es la pelea, ni siquiera ganar o perder. Es un estado de libertad y de ausencia de pensamientos tan grande que es siniestramente hermoso y uno de los poquísimos momentos de mi vida en los que puedo decir “soy libre, soy feliz”. Aunque estoy convencido –y lo pongo en práctica- de que cuando uno lucha ha de hacerlo principalmente por sí mismo –si no eres capaz de luchar por ti en primera instancia, te será imposible luchar por quienes te rodean- también es cierto que cualquiera que entramos a un área de competición tenemos clavados decenas, miles y hasta millones en el caso de luchadores de renombre de ojos que nos observan. Un competidor de artes marciales tiene la responsabilidad ética de saber que cuando esta sobre la lona lo que hace, como actúa, es un ejemplo para esos ojos…y más aun su trabajo diario para llegar a estar en esa lona. Quien este de público sin que nos conozca ni practique artes marciales no sabrá la dedicación que ponemos para estar luchando…sin embargo, las personas allegadas a nosotros, como familiares, amigos, compañeros de entrenamiento (que en el fondo todos formamos una familia) saben que lo que hacemos empezó mucho tiempo antes al momento en el que nos llaman por megafonía para entrar al tatami o en el que salimos del vestuario acompañados por la música: son conscientes de que lo que hacemos es una cuestión de fe. Y la fe no es esperar a que Dios o la vida te den las cosas, ni mucho menos: la cuestión de fe es un triángulo formado por esperanza, esfuerzo y sacrificio…esperanza para tener paciencia, no rendirnos y creer firmemente en nosotros mismos, en nuestras posibilidades, creer en que al margen de lo que digan los demás, de lo que piensen, siempre que creamos de corazón en una causa, en un objetivo, es posible, se puede conseguir…esfuerzo para hacer ciertas acciones que solo haríamos por una meta que tan solo nosotros mismos –ni siquiera nuestro entrenador o nuestros seres queridos- somos capaces de ver como por ejemplo correr kilómetros y kilómetros para ganar fondo, lanzar una combinación al saco cientos de veces…y sacrificio para lo contrario, para dejar de hacer ciertas cosas que solo abandonaríamos por ese objetivo, como puede ser abandonar horas de sueño y cambiarlas por horas en el dojo, dejar de pasar tiempo con nuestros amigos…Ese proceso de fe –esperanza, esfuerzo y sacrificio- que nos lleva a subirnos al ring, al tatami, inconscientemente hace que le digamos a quienes conocen ese camino que hemos andado que es posible, les inspiramos a saber que si nosotros conseguimos nuestro sueño como suele decirse con sudor, sangre y lágrimas, ellos también pueden conquistar el suyo, ya sea pelear, ser actriz, conseguir un mejor trabajo, unos estudios…lo que sea es posible, porque para conseguirlo solo existe unos requisitos muy simples que no por simples dejan de ser difíciles, gracias a Dios, que no son otros que tener fe, no hacer daño a nadie y creer en uno mismo. En definitiva a nuestros seres queridos que ven como arriesgamos nuestra integridad física en competición lo que les estamos diciendo no es otra cosa que “¡Ey! Si eres una buena persona que tiene fe, que crees en tus posibilidades y luchas por tus sueños y por tu felicidad adecuadamente, sin perjudicar la ajena, antes o después, conseguirás todo lo que te mereces!”.
            Y por último, practico artes marciales porque a mi padre no lo saludo con un beso en la cara, pero a mis compañeros de entrenamiento sí. ¿Significa que quiero menos a mi padre que a ellos? Ni mucho menos. Lo que eso significa es que tu equipo, con el paso del tiempo y basándose en un objetivo, principios y forma de vida en común y, sobre todo, tras el paso de horas y horas compartidas tanto en los campeonatos como fuera de ellos, se va convirtiendo en tu familia, porque al fin y al cabo más sólidos que los lazos de la sangre son los lazos de la experiencia compartida.
            En definitiva, yo no soy un luchador, porque uno solo puede ser lo que nace siendo…yo elijo ser un luchador, porque así me hice a mi mismo. Elijo ser un luchador porque elijo ser libre, elijo ser una inspiración con mi fe para quienes me rodean, elijo ser una mejor persona y elijo no rendirme ante las adversidades.
            Todos estamos destinados a hacer grandes cosas en la vida: únicamente tenemos que alimentar al monstruo si queremos conseguirlo.

domingo, 10 de julio de 2011

Otro escrito.

INDIFERENCIA
            Las moscas verdes cagaban, comían y volvían a cagar, como los peces en el río, sobre las tripas del gato reventado. Las vísceras del tigre con exceso de humildad le salían por la boca: formaban una pelota grasienta y compacta justo en la punta del hocico, del que no salía por culpa de su estrechez. Ni se sabe de que murió, ni tampoco es importante saberlo. Los coches le pasaron por encima tantas veces que a lo largo del piche había una estela de sangre coagulada, pizquitos de intestino y pelos de gato. El bicho aún conservaba su jesto de dolor, aunque digno adversario de la suerte, conservaba la serenidad en su mirada…esa forma de observar que tienen los gatos y que nos inquieta no porque temamos su enorme fijación, sino porque envidiamos su expresión de autosuficiencia, porque como dijo mi colega Miguelito el sudamericano, mientras a un gato solo le basta con ser gato para vivir, al hombre le es insuficiente ser humano para el mismo objetivo. En el fondo no nos jode que nos recuerden nuestros defectos, nos jode aun más que nos recuerden que otros no los tienen.
            Ahí sigue el cadáver de gato, mosqueado, destripado, violado, indiferenciado. Pasan personas por el paso de cebras y lo patean: no es que lo pateen por asco u odio, sino porque simplemente ignoran lo que está en mitad de la calle, ignoran el animal, ignoran lo que patean al pasar.
            Pasa un coche de estos con la música a todo decibelio, parecidos a un Bakoka de fresa puesto debajo de un bombillo y da tal golpe a la carne podrida que lo tira hasta la acera, no sin antes partirlo por la mitad…quien haya visto The Walking Dead recordará el zombie a medio partir del primer capítulo, aquel al que los intestinos le colgaban mientras se retorcía sobre la hierba esperando la inanición. Algó así ocurrió con gato: riñones, vazo y, en general, cualquier órgano que no formara pelota en su boca, estaba deslizándose por la oquedad que dejaron el culo y las patas traseras cuando fueron amputadas por el V.W., entre una mezcla de líquidos verdirojiza.
            Pasa un niño cerca de gato. Niño se baja de su triciclo de plástico con palanquita atrás, que empuja su madre preñada de su hermanito. Niño coge el fiambre con una mano y con dos dedos de la otra presiona la bola de tripas que tiene en la boca…con un tercer dedo le revienta un ojo impregnándose de esclerótica hasta la muñeca. Niño se huele las nueve falanges…se ríe. Su madre no se entera porque está apurando relajadamente el cigarro que tiene entre los anillos de oro. Niño estampa a gato contra el suelo y se divierte viendo salpicar lo que queda del esperpento contra la acera.
-¡Niño, deja de joder con la pelota!¡Que diga con el gato!-grita un barrendero-¿No ves que me manchas lo que ya barrí?
            Chiquillo lo mira atónito mientras se limpia la mugre en su camiseta blanquioficial del Real Madrid. Su madre continúa en trance nicotínico. Se ríe en la cara del barrendero y estampa a gato una última vez más. Se chupa uno de los tres dedos y el sabor a guadaña le es tan fuerte que vomita sobre los zapatos de su madre. Ella ni se entera.
            Pasan dos viejas y una hace ver a la otra “lo mal vestido que va el niño, to jediondo”.  
            Niño pega a llorar y, él si con ira, preferible emoción al pasotismo, patea a lo que queda de gato hasta su punto de origen.
            La madre consume el tabaco, se percata de la peste en sus zapatos y golpea a niño para reprimirlo, mientras lo sujeta con la otra mano…y menos mal, porque infante se cae a la segunda cachetada.
            Pasan dos chicos de catorce o quince años, un martes de Abril a las diez y media de la mañana y ven la escena.
-¡Mira que guapo el culo de esa tía!
            Se van ellos, se va la madre, se va niño, incluso se va gato. Queda en el ambiente una extraña sensación de que todo sigue igual, de que a nadie le importa, de que nada es diferente. De repente pasa otro Bakoka, esta vez de limón. El público se queda maravillado, impactado…me parece ver que le hacen una reverencia al polo-coche.

sábado, 11 de junio de 2011

Nuevo apoyo.

Hacía tiempo que no contaba con nuevos colaboradores, pero por suerte eso acaba de cambiar: en la zona de los links podemos ver el enlace al blog "lo que nunca te dije aunque quería que lo supieras", un baúl de crítica social, textos literarios, experiencias...elaborados por Iris Delgado Duque. Es un honor contar con tu apoyo. Muchas gracias y enhorabuena por tu gran trabajo!!!

viernes, 10 de junio de 2011

Reflexiones posexamenes precombate

Se que siempre pongo excusas en mi tardanza para escribir y esta vez no va a ser menos jejeje. Esta vez no subiré un relato, sino pequeñas reflexiones que he ido acumulando, pues como reza en el título, no he tenido mucho tiempo para dedicarme a la literatura tanto por los estudios como por el entrenamiento. Sin más dilación aquí se las dejo y espero que las reciban con agrado. Un abrazo!!!
p.d.: disculpen de antemano la ortografía, pero es que muchas son copia y pega de mi facebook y soy demasiado vago como para retocarlas jejeje.

no existen experiencias negativas o positivas per se: depende de como enfokemos, interpretemos y asimilemos esas vivencias. al fin y al cabo cualkier experiencia es buena si se sabe como aprovecharla.


no existe nadie mas ejemplar ke una mujer embarazada: su capacidad de cederse a si misma durante 36 semanas a un ser tan fragil, sabiendo ke el fin culminara con un dolor sin precedentes es propio de mesias y envidiable por los varones.


no existe el conocimiento propio si no hay una continua interactuacion con el entorno.no existe la autosuperacion plena si no desarrollamos una empatia constante hacia kienes nos rodean. en definitiva, no existe el yo sin el nosotros.


la gramatica es la forma de hacer matematicas sin utilizar ni un solo numero.


por muy horrible ke resulte la realidad la verdad siempre es hermosa...sufrimos solo cuando no hacemos coincidir a la primera con la segunda...adecuemos realidad a verdad y seremos felices.


cuando un logro ke en el pasado tomastes por orgullo,hoy es una verguenza...cuando odias cada minuto ke te esfuerzas porque sufres, pero a la vez lo amas, porque sabes ke te ayuda a crecer como persona...entonces puedes considerarte un guerrero.


no humilles, no dañes, no engañes...sigue estas tres reglas y, a partir de ahí, cree firmemente que te mereces todo lo bueno y lucha al máximo por lograrlo. si no lo consigues, al menos te habrás fortalecido para el próximo asalto.


lejos de lo ke se suele pensar, las artes ya sean bellas o marciales, no son una forma de entretenimiento o espectaculo, sino un camino de autosuperacion y autoconocimiento. ejercer el arte para ti mismo, de manera intima, de manera satisfactoria para ti y solo asi deleitaras a tu publico.

lunes, 6 de junio de 2011

La esquina, tu mayor baza fuera de ti mismo.

Reanudaré el blog con un tema sobre artes marciales que los no practicantes ni aficionados a estas disciplinas también encontrarán grato o al menos eso espero (especialmente si les es útil). He vuelto a la guerra con el blog gracias a una compañera música que tengo la suerte de conocer y que hoy, tras leer algunos de mis escritos de esta página me ha devuelto la motivación para escribir de nuevo. Muchas gracias y un abrazo!!!


LA IMPORTANCIA DE LA ESQUINA
"No estás solo, yo estoy aquí contigo". Para mi esa frase, tanto a nivel de competidor como de instructor es la mejor que puede decírcele a un luchador justo en el momento en que pone un pie en la lona: hace que los nervios previos a un combate disminuyan hasta casi desaparecer. Todos los que hemos competido, independientemente de la disciplina, sabemos la mezcla de sensaciones que uno sufre en el vestuario, las cuales van desde la incertidumbre a no saber como se desarrollará la pelea o la duda de si se es mejor que el contrincante, hasta la ansiedad por entrar de una vez al campo de batalla y el estrés que entraña una situación tan límite, donde te juegas meses de durísimo entrenamiento específico en unos cuantos minutos. Da igual cuantas veces te hayas puesto un kimono o una licra; da igual que sea tu primer campeonato local o la tercera vez que defiendes un título europeo; da igual la autoconfianza que poseas en tus propias posibilidades, porque a la hora de la verdad sigue siendo como la primera vez: hombre contra hombre, en principio igualmente prepardos a todos los niveles psicológicos, técnicos y mentales, jugándose sus islusiones, sacrificio y honor sobre el tapiz...tres de las cosas más grandes que posee un ser humano. La mayoría de artistas marciales, coinciden en que el momento de mayor tensión es cuando dejás atrás a tus compañeros en el vestuario y tu entrenador se queda a unos metros detrás o debajo tuya (según sea tatami o ring). A todos les gustaría no verse tan solos ahí arriba, sentirse arropados no solo por el público, sino por una persona que les haga sentir que todo saldrá como lo tienen planeado y justo en ese instante, mientras el árbitro recuerda las reglas, es cuando la esquina debe recordar "estoy aquí": no hace falta mucho más para dar un chute extra de seguridad a un atleta que por otro lado ya esta más que dispuesto y a punto para disputar el combate.
A menudo, ciertos entrenadores cuando hacen de esquina se centran demasiado en la parte estrategica y técnica -se limitan únicamente a dar instrucciones del tipo "sube la guardia", "entra de seo-nage"- y se olvidan tanto del aspecto físico -muchos no recuerdan que el luchador está mas preocupado en buscar la sumisión o el k.o. que en coger aire, en relajar los brazos, etc. y que ellos deben darles también ese tipo de indicaciones- como del aspecto psicológico -los que están fuera de este mundillo o que nunca han competido ni se imaginan lo importante que puede ser una palabra de aliento en el momento adecuado, como simplemente un "vas muy bien"-.De la misma manera, muchos competidores ignoran las instrucciones de sus instructores tratando de desarrollar la lucha ellos solos: quienes están habituados a los torneos, saben que desde fuera se aprecian aspectos de la lucha de los que el competidor, desde dentro, es incapaz de percatarse ya sea por estar centrado en otros aspectos de la pelea o simplemente por una cuestión física y es que su entrenador tiene una visión general del combate, mientras que el luchador tienen una visión muy centralizada (desde fuera ves a los dos participantes, pero desde dentro muchas veces solo ves un brazo, una pierna...). Además, existen peleadores a los que o bien la presión del público o bien una pequeña dosis de inseguridad los llevan a "hacer locuras" del tipo de no poner en práctica el juego que hacen día a día en el gimnasio y tratar de hacer cosas nuevas que jamás han practicado en el momento más inoportuno: el combate. Es necesario escuchar a la esquina en todo momento, pues los fallos de los que nosotros somos incapaces de darnos cuenta, nuestro entrenador los ve a kilómetros de distancia a veces antes de que ocurran. Igualmente, el luchador puede verse cegado en varios momentos de la pelea a causa de los nervios o a causa del cansancio, pudiendo cometer fallos tontos, que jamás haría entrenando, como bajar los brazos, entrar a proyectar regalando la guillotina...el apoyo que tenemos a pie de ring está atento a todos esos deslices -al menos debería- y es obligación del competidor ser capaz de dividir su atención en dos: una mitad a la propia pelea y la otra mitad a la voz de su instructor, quien en ese momento sabe más de nuestra capacidad, nivel y rendimiento que nosotros mismos.
Acabaré diciendo, que lo más presente que debe tener un artista marcial es que ha elegido una disciplina que dista mucho de ser individual: practicamos una actividad de equipo, donde nuestro rendimiento en competición depende no solo de nuestra capacidad, sino del entrenamiento diario con nuestros compañeros, con los que formamos una piña y es obligación de todos dar el ciento por ciento en los sparrings para ayudar a subirnos de nivel los unos a los otros, como de las enseñanzas del entrenador y sus instrucciones en el momento del campeonato. Por lo tanto, pase lo que pase sobre el terrero, los peleadores deben saber que nunca están solos: detras hay todo un equipo que a la hora de la verdad no son compañeros, son su familia.