miércoles, 10 de julio de 2013

Escrito (10/7/2013)

Hagamos un trato.
            Es una foca espasmódica tratando de toser su propia garganta rasgada por los vómitos de flemas, por la garraspera, por el odioso zumo de naranja con suero que en teoría alivia la fiebre y que no hace más que perturbar el estómago inútil de un niño cuyo deseo es que sus pulmones dejen de ser pasas y poder chutar un balón, meter una canasta, soñar con ser, con reír, con correr… la infancia debería ser un estado limpio donde el sufrimiento no es más que un recuerdo aún por fabricarse, pero por desgracia Dios juega a la ruleta rusa con un tambor lleno por siete balas dejando como única esperanza que en el próximo disparo el percutor de en el hueco libre.
            Un niño en su propia cama llorando no por el dolor en el esófago de tanto escupir sangre seca, no por los tímpanos vibrantes a punto de estallar por los esfuerzos de la nariz contra el pañuelo, no por ojos enrojecidos luchando contra el polvo urbano… ojalá fuera como en sus dibujos y se le saltaran de una vez para siempre de las órbitas… llora por la desesperación, la angustia, la esperanza que se estira en el tiempo como relojes derretidos de unos padres hartos de médicos incompetentes con palabras amables y piruletas de fresa para endulzar la boca llena de mocos de su hijo… unos padres metidos en el cuarto del niño: ella apretando su mano hasta casi romper los dedos pensando que quizás de esa manera nunca llegue a marcharse… él fumando en la ventana para no estorbar al enfermo con el humo: no debería, pero las pastillas están racionadas por las recetas y el hachís es un somnífero suave, barato y de mercado libre. Una pareja desesperada con un diagnóstico –“falso croup”- como única explicación que se deshacen igual que una galleta dejada demasiado tiempo dentro del café de las mañanas… impotencia, frustrante incapacidad de espera, porque la inacción los hace sentirse tan culpables como inútiles y se resignan a limpiar peluches en la lavadora matando gérmenes para que el chico pueda tener compañeros cuando ellos anden en el trabajo y la abuela friegue en la cocina… imaginación hiperdesarrollada de un chaval con ojeras eternas de cocainómano en bajada, siempre con la sonrisa invertida por culpa de la eterna pregunta “¿qué he hecho, porqué a mi?” sin solución igual que un acertijo de respuesta inexistente planteado por alguna mente superior, invisible y aemocional. Corriendo en brazos con la fiel mantita de Garfield envolviendo al chico para protegerlo del viento que estalla su piel como una hoya sin aire y demasiada presión por culpa de un calor febril absurdamente elevado.
-No quiero volver al médico, mamá.
-Hagamos un trato: un pinchazo por un cuento.
            Llegan al ambulatorio. Luz de manicomio en película de terror. Niño llorando temiendo la inyección, envuelto en una manta vieja a cuadros y un gato gordo, repleta de virus viejos, de mocos secos y de nostalgia maldecida por horas interminables bajo fluorescentes fantasmales que iluminan con luz cínicamente blanca los pasillos de un pediatra siempre vacío –los chicos sanos duermen a esas horas mientras se impacientan con el bocadillo del recreo dentro de unas horas- enseñando su nalga izquierda a un desconocido de bata impoluta y una extraña radio que solamente sintoniza el corazón… el paciente considera inútiles las inyecciones, pues no curan el dolor, simplemente lo pasan de la cabeza a la cadera… urbason comprimido, 4 miligramos… ¿quién es el sádico hijo de puta que se dedica a machacar cristales, meterlos en un tubo de plástico y luego clavar un aguijó de hierro sobre el culo para que penetren en el hueso? Es una enfermedad que pasa con la edad, con el tiempo… pero los segundos son gnomos que juegan al escondite que toman velocidad cuando el juego es divertido, pero se ralentizan hasta casi la pausa completa cuando la broma pierde su gracia.
-Doctor, ¿cómo se le puede evitar esto al niño?
-Con paciencia y un milagro.
            Regreso… cierto alivio… a la cama para no dormir angustiado por la amenaza del dolor que grita desde algún lado “volveré”.
            Se acaba el canuto y agarra la mano libre. Todo parece haberse apaciguado hasta que una cucaracha entra en escena por debajo de la puerta del cuarto. Los padres se escandalizan por temor a las posibles nuevas infecciones de un bicho de las profundidades fecales y lo persiguen por toda la habitación zapatilla en mano… el insecto se escapa dando vueltas sin aparente  voluntad hasta que cansada de la persecución despliega las alas, las chirría contra su cuerpo blando bajo el caparazón, como la mermelada entre dos tostadas y ahora es la cebra persiguiendo a las leonas: él y ella huyen despavoridos alrededor de la cama del enfermo para detenerse solo cuando la escuchan… débil… utópica… imaginada quizás hasta que lo observan y comprueban que no tose, sino que ríe: al niño le hace gracia ver como una porquería roja y voladora es capaz de dominar a dos adultos de más de tres metros en suma y se explota dando vueltas en el colchón: el culo duele, la garganta duele, el corazón duele, pero por una vez duele de placer.
            Ahora son los tres quienes carcajean sobre el colchón mientras cuatro manos hacen cosquillas en una barriga llena de enfermedad al tiempo que el bicho huye por la ventana satisfecha del indulto.

            Primera risa en dos años… primera señal de alegría… primera vez que todos dejan de compadecerse… abrir las aguas es un truco de fontanería: los milagros no nacen de lo imposible, sino de lo improbable.

lunes, 8 de julio de 2013

Escrito (8/7/2013)

Ganadería “George Orwell”.
            Le dan la vuelta al ruedo entre dos caballos arrastrando un cuerpo con el que pronto harán chorizos con la sangre que ahora salpica la arena… pronto le arrancarán los testículos para cocinarlos a la plancha de algún bar de españoles mordiendo palillo plano, apestando a orujo de hierbas con las aceitunas y pisando escupitajos en el suelo de una taberna plagada de mosquitos que se alimentan de los restos de la cerveza en vasos con marcas de pintalabios… pronto cortarán sus dos orejas, su rabo y su orgullo para alimentar el ego de un Peter Pan con los huevos apretados, oculto como los falsos héroes tras una capa roja que disimula la sangre del asesinato hipócrita llamado arte nacional: paletos con trajes de un millón de espejos y pesetas para deslumbrar las mentes de un público anacrónico que con pañuelos blancos pide sangre, muerte, tortura… un público sediento de pan que acude al circo para observar la desigual lucha entre una bestia de 700 kilos y un hombre solo con su espada, su capote… su ejército de saltimbanquis con púas adornadas de flequillos rojigualda –color del imperio vencido por su endogámica ignorancia-, de lanceros como quijotes truncando la realidad para convertir al cobarde en héroe, de escudos de madera arropándolo de los pitones como un niño marica escondido tras los muslos de su madre mientras se ríe del gordo desde la protectora distancia… un animal asalvajado, asustado, desorientado… horas antes espera en un pasillo con la saliva espumosa como el champán corriéndole por la chiva: la nariz llena de mocos por culpa de un calor oscuro, insoportable, en el pasillo desde el cual los ayudantes se encargan de martirizar su piel con pinchazos ya antes del ruedo para debilitar al bicho incluso antes de la fiesta: quien está del otro lado en el arena le agrada lo fácil, porque en el fondo los matadores no son sino pusilánimes, no más que niños con gafas, enclenques y la cara infectada de granos de esos que apalizan cada día en el cole, sin cojones para enfrentarse a quien de verdad los martiriza, vuelcan su ira que nace desde las tripas que como una dinamo se aumenta con el movimiento de los pasos, buscando recuperar su orgullo violado en los aplausos, vítores y silbidos de señoritas con el moño trenzado y recogido en una pañuelito blanco, chorreando flujo cuando el estoque final cruje las cervicales del animal borracho de exhaustación que en su muerte mira al hombre en un último intento de comprender el “¿porqué a mi?” de un juego vacío, sádico, castigador de no-culpables en el que un ser confuso corre en contra de un trapo rojo que lo invita a una guerra escrita con pulgares donde el de las pezuñas muere sin remedio al final del primer acto.
            Sus compañeros en la granja lo esperan, aunque saben que son como fetos: nadie regresa después del parto... Toros felices, reservas de escalopes, comiendo pasto siempre fresco, verde, tan verde como Lorca, regado por el dueño de la ganadería… adoran a ese hombre que los alimenta, que les limpia la arena de mierda para evitar las picaduras de los tábanos y que a veces hasta conversa con ellos y les pasa su mano callosa por encima del lomo… desconocen su destino fatal, haciendo verdadera la frase de los gandules –“la ignorancia es la felicidad”- y soñando con alguna porquería inventada acerca de mundos aún mejores cuando los meten en el camión de camino a esas “Ventas” donde todo el mundo los espera igual que a la gorda de las óperas.

            En una pequeña zona de la granja viven los indultados, con el cuerpo lleno de cicatrices, los cascos rotos en batallas y los ojos asqueados por miedo, aburrimiento y humillación por saberse atados a una vida cerca del verdugo, del traidor, del ganadero que los lanzó al terror de la plaza y que ahora entre sonrisas cínicas y golpes de vara les da de comer en su palma de la mano porque sabe que ninguno se la morderá mientras que hayan vaquitas frescas llenas de grasa para presionar bien el pene, un techo para resguardarse de la lluvia y, sobre todo, mientras teman la amenaza de regresar a esos juegos del hambre para esclavos: un pacto de miedo, impotencia y silencio en el que los que conocen las sombras y han vuelto desde ellas no advierten a los encadenados que pastan felizmente desconocedores de su futuro, todo a cambio de mantener la panza llena, la polla caliente y la muerte bien lejos… después de todo, puede que una granja no se diferencie demasiado de un estado.

viernes, 5 de julio de 2013

Escrito (5/7/2013)

Sal del bloque.
            Un pit-bull casi desollado de cola a botón, con la lengua babeando espuma por el esfuerzo: el tipo aún le destruye a base de latigazos, con un almohada amarrada al brazo izquierdo para protegerse de los mordiscos… su fin no es someter al perro, sino volverlo agresivo, asesino, humano, le han pagado dos gramos a un jacoso con aspecto de espárrago triguero para que apalice al animal y así sus dientes aún de leche se desvirguen, tomen gusto por la sangre de camello ajeno, de placas, de morosos con tatuajes verdes, narices podridas y oxído en los flexos de los codos… una criatura pervertida por la codicia que se estanca en la punta de la pirámide alimenticia cuyo único consuelo es que su amo de vez en cuando pare al yonqui, le obligue a fumar unos platinazos y de a su macabra mascota un poco de agua y algo de carne cruda: los lacayos, incluso si usan pezuñas no zapatos, deben saber bien quien les protege, quien les cuida, quien les da su sucedáneo de felicidad enlatada…
            Ancianas muertas de miedo se acurrucan contra sus ventanas con sigilosa morbosidad, escuchando los aullidos del cachorro mientras se santiguan, regocijándose en su piedad: no son más que putas que miran entre dedos los cráneos escachados en un accidente de moto en la autovía… tres jóvenes empapados en alcohol y boliches aplauden la paliza al tiempo que vitorean a su cuarto compañero, el de la manguera, el líder de los ratones, sonriéndoles con un piano en su boca y saludando con el brazo de la almohada de donde cuelga un zombie canino.
            Un barrio donde paro, mamás de quince años y ancianos cobijando a sus hijos que regresan con los nietos a una casa descorchada por la humedad, se refugia en el humo de hierba, crak, los polvos del caballo galopando contra la tierra del parque con la palmera, única palmera, seca y comida por los pulgones, blanca como la otra polvajera… un barrio hundido en los vapores, en la niebla estupefaciente igual que un Londres en decadencia tras el apocalipsis de las mentes.
            El perro llora, reclama el perdón en sus ojos que no comprenden, que no conocen, que no han visto jamás el odio… el animal muerde por su inteligencia, consciente de que de esa forma agrada al amo y quizás así reciba una caricia en el lomo de vértebras dislocadas… sangre resecada mancha la acera donde pasean Nancys con tetas cuya aspiración es operarse para enseñarlas, sentirse deseadas, montarse en el coche de quien pasea los pit-bulls… sombra de ojos, maquillaje morena con los labios blancos, como soplar dentro de un bote de cacao en polvo y el pelo hasta el culo acabado en flecha como señalando que hay permiso para entrar por la puerta trasera: jovencitas que de tanto jugar con Nancy decidieron seguir sus pasos, dejar el cole pronto e ir de dueño en dueño –en el barrio no solo hay perros de cuatro patas- intentando conseguir a base de gargantas profundas un amor que jamás llega, condenadas a la lejía, la fregona y la bata de por vida, cuando el peso de las tetas las tumben hacia las rodillas y cuatro partos sumen diez a la 38.

            Mocos de placer vacío asomándose por la comisura de drogadictos sin pipa en la cáscara… mujeres reducidas a vaginas por ansias de atención olvidada en casa de papá… un animal amarrado a la palmera seca, blanca, consumida, agonizando babeante sabiendo de su futuro de gladiador con el pulgar boca abajo… en el segundo piso del bloque un chaval se para entre página y página, descansando de las matemáticas del instituto que estudia a la luz de la farola -con seis en casa hay que cortarse con el interruptor- que cuelga bajo su ventana… un chaval que aborrece la penitenciaria de asfalto, aceleración y olvido burocrático donde nació lejos de los dúplex con chimenea y plasma para suerte de sus dueños, sabiendo que en algún lugar entre el libro y la calle debe estar la llave para escurrirse entre los barrotes.

miércoles, 3 de julio de 2013

Escrito (3/7/2013)

Arenas de la soledad.
            Un condón lleno y caliente. Con las bragas por las rodillas encima del retrete lleno de gotitas de mierda fosilizadas, el chico casi con medio pene todavía dentro se apresura para subirse los pantalones, vestirse, huir… alejarse de una mujer cincuentona con las carnes fofas en un vestido que la embute como una remolacha al vacío, el rímel exageradamente colocado alrededor de los párpados y cantidades tan absurdas de carmín que no bastaron menos de siete servilletas para secar sus labios agrietados, secos, lúgubres… Una noche entera plagada de miradas insutiles, cumplidos precocinados y roces estratégicamente casuales repugnaban al jovencito de la misma forma que lo excitaban, no por morbo, no por sexo, sino por sentirse puta, por creer durante al menos unas horas que su cara infectada por un acné rojo, incrustado, pinchoso como el picón caliente, que su polla pequeña sobre testículos recién caídos y que su personalidad formada por juegos de rol, videoconsolas y pornografía dura, era deseada por una hembra, una mujer de pechos caídos asfixiando su cuello por un sujetador maravilloso casi a reventar… una remolacha de pelo pajiento, oxigenado, amarillo chillón, tratando de comprar un orgasmo vacío en el meadero sucio e infectado de cucarachas panza arriba esperando el pisotón libertador… su única meta no es correrse, sino poder presumir de comerse un yogur, de haber sido poseída por quien podría ser su hijo-nieto, de haber conectado aunque sea tras fluidos entre plástico, vómito y piel, con otro ser humano, porque en sus ojos chisporretando gin-tonics, se ausculta una soledad que huele a rancia… al otro lado del baño, en la pista de baile, en una mesa olvidada por el paño del señor que limpia la mugre y el polvo, otras cuatro remolachas, igualmente embutidas, igualmente solitarias, igualmente borrachas, desprecian la actitud lasciva de su amiga –así se llama a cualquiera en los años donde la amistad empieza cuando se llena el vaso y termina cuando echas la última meada acuclillada en un portal- porque como es costumbre en los corazones de tetas arrugadas que albergan soledades prematuras, en realidad no hacen sino envidiar el valor fatua de una gorda con pasta que compra penes al por menor en estancos de agua sucia, tabaco en lata y cuerpos como nueces con la cáscara vacía.
            Explica con detalle el polvo, cada beso, cada mordisco, cada uno de las diez o doce penetraciones –los niños sufren de ansiedad en el sexo y son como la liebre con relojes: solo quieren llegar rápido sin saber muy bien a donde van- y otra de las chicas de oro siente ira envidiosa en su pecho: desea ser el centro de atención y que mejor que usar el karaoke del local.
            Sube al escenario, con un tacón roto, agarrando a un micro cuya pata sostiene más a la cantante que al metal y entre aplausos, safiedades y vítores de su pandillita de viejas brujas con el chocho a medio cerrar, destruye cada nota de una canción olvidada por su autor hace quince años.

            El muchacho agarra los billetes de diez euros que logró coger del bolso apoyado en la cisterna mientras desahogaba a aquella mendiga de eyaculaciones casuales y pide mucho whiskey de la peor botella… no sabe que solo los recuerdos agradables se desvanecen, mientras que las pesadillas alquilan un cuartucho en el cerebro donde lo mejor es dejarlos dormir sin tocarles la puerta.

martes, 2 de julio de 2013

Relato (2/7/2013)

Show must go on.
            Huele a manzana podrida… camufla el calimocho en una botella grande de “Coca-cola” porque emborracharse en el trabajo está prohibido –hay que llegar ebrio desde casa- y solamente soporta el peso de la radial, alcoholizado, semicomatoso, en estado de sopor, con un par de litros de vino en bodega de cartón, tratando de olvidar mientras pica ladrillos que hasta hace menos de una década vestía blusas de leñador americano y manchaba la pared de blanco planteando ecuaciones de tercer grado a chicos los muchos llenos de desgana, pero unos cuanto –nunca, nunca demasiados- plagados de objetivos en su pecho creciendo como púas en la espalda de un puercoespín parido hace pocos días… profesor en matemáticas rollizo, sonriente, calvo al estilo de los huevos duros, con una suavidad tan tierna que apetecía acariciar su alopecia tratando de palmear el conocimiento que albergara su cráneo… los martillos hidráulicos hacen sudar demasiado y a quien cambia la tiza por el destornillador plano el sudor se le eleva al cubo: el mono es un traje-saúna y adelgaza tan rápido y por días que su esternón es idéntico al de un pollo asado sin pechugas… la barriga parece un globo a medio pinchar lleno solo por bocatas de chorizo en el descanso y alcohol de a cincuenta céntimos la garrafa porque ya lo dijo mi hermano el boxeador: así es como se calla la conciencia.
            Un trabajo insoportable no tanto por la extenuación física, sino por la frustración de haber traicionado a sus neuronas, de congelar al tiempo despacio al ritmo del gira gira de la mezcladora, segundos que se estiran como un chicle masticado con desgana cuya pompa jamás revienta… ocho años atrapado entre vigas y cemento, justos los mismos que tenía su hijo al ingresar en su primera obra, justo dos menos que cuando se privatizó la educación y los antiguos maestros fueron relegados a un segundo plano cambiados por el 2x1 de chiquillos recién graduados en magisterio –doble de trabajo, por casi la mitad de un sueldo-. Son 10, 11, 12 horas cargando, clavando y cortando: salir con la luz del sol, regresar a casa con la de las farolas y encontrarte con un tipo que te pasa seis cabeza sin distinguir si es tu hijo o el que se folla a tu señora: para ti el sexo se relega a manchar de semen un cartón  usado como cama a la hora del bocadillo tras la verja oxidada del barranco, con revistas de hojas salpicadas y medias pajas por rutina sin placer.
            Las chispas de la radial le perforan los pómulos, los párpados, los labios… la careta solo aumenta el sofoco y cuando tu rostro no es más que el recuerdo de épocas mejores difíciles de regresar, mejor conviertes tu cara en monstruo y así excusarte con el espejo cuando te chilla por las mañana para saciar su sed de vanidad.
            El vino es un cristal convexo que desvirtúa las imágenes del cerebro: el peligro no es más que un gatito recién nacido y al profesor no le preocupa pelearse contra el hormigón con una radial que gira como una noria pasada de anfetaminas… pero la realidad, siempre puta realidad, es tosca, arisca, implacable, hace ojos sordos para los proyectos de la mente y sigue fiel a su ama la ley natural… el disco de la radial se suelta… taja el tendón de Aquiles del peón que tambaleándose, retorciéndose de dolor como una libélula sin alas devorada por escarabajos, camina sin ver para tropezarse en el hueco del futuro ascensor… al menos el calor del metal ha cerrado la herida casi instantáneamente… cráneo abierto.
            Por la mañana el primero en entrar es el encargado… sigue el rastro de la sangre aún sin secar del todo, consistente no más que un color en banco recién pintado y encuentra el cadáver del profesor-obrero.
            Llama a sangre fría al jefe del montaje y antes de llegar los primeros compañeros que asustados por lo rojo jamás preguntaran por el camarada, descubren una solución:

-Echa cemento antes de que entren estos cabrones, tapa el cuerpo y sigue con el segundo piso… la obra debe continuar.

Escrito (2/7/2013)

Hora del cigarrito.
            Las ampollas nacen prácticamente al instante de tocar el metal hirviendo como agua que se arroja sobre cara de brujas… sangra la piel, se borran las huellas, las uñas se reblandecen hasta tomar la consistencia de macarrones demasiado cocidos, pero el horario no perdona, se acaba el turno y el socarrat no debe pegarse al fondo de un caldero que si queda inútil saldrá del bolsillo de una cocinera con tetas chupadas al estilo de pimientos morrones que habiendo dado de mamar a tres bocas lloronas ya gastó su leche y ahora debe llenarles el buche con sudor y sacrificio…
            Las manos en carne viva se despellejan al contacto del estropajo con bucles aluminio entrelazados y detergente de vinagre, limón y sal: los guantes de goma son lujos no contemplados en el albarán de un jefe comelón en el bufet del hotel, que solo conoce la cocina porque desde allí salen los olores que salivan en su boca a las 14:00 y para quien un grupo de trabajadoras con redecillas en el pelo luchando en medio de vapores sofocantes, cacerolas eyaculando aceite magmática y cucarachas volonas que se empeñan en camuflarse entre las aceitunas de la ensaladilla, para él son números, estadísticas, mujeres que están en los fogones solamente porque en la inspección a aquellos africanos –ocho negros en un cuarto con sofá y tres camas… aquí al menos tienen comida, refugio y empleo: porqué joderán tanto al empresario-. La mujer rasca el arroz con cuchara de palo e ira de hierro, obligando al esfínter a retener la cagada, porque una señora de 45 años no se siente cómoda pidiendo a la jefa de cocina –rubia, niña, tetuda- permiso para ir al lavabo: los minutos son céntimos en hoteles de cinco estrellas como el escudo de Brasil y si tienes que ir al baño vente cagada de casa, aquí se viene a trabajar… los orines se permiten como gesto de empatía: la vasija está guardada en el cuarto de las ollas.
            Saca la porquería del fondo del caldero, pero las heridas aún no tienen tiempo para descansar: hoy toca pescado y antes de cambiar el turno debe preparar el alioli… pela ajos, pícalos, machácalos en el mortero y siente como su agüilla, espesa, traslúcida, líquido preseminal abrasador te escurre entre tus dedos, impregna con su líquido los cortes abiertos en tus palmas, escuece desde dentro sin posibilidad de alivio como la sarna en las patas despellejadas por mordiscos de dientitos de un perro desesperado que ignora que la arañas se camuflan tras la piel haciendo un juego del escondite macabro, cínico, cruel con su casero… La mujer agradece que el jugo de los ajos le haya insensibilizado las manos y ahora por lo menos será indiferente a la lejía que utilizará para limpiar detrás de las neveras: mierda acumulada de día en día hasta sumar quince, porque se deben reducir gastos al mínimo exponente… hotel de pulserita-todo-incluido, olvidando el llanto de pequeñas tiendas con olor a vinagre y aceite, donde las calculadoras aún son de papel, anilla y lápiz, en las que te sonríen mientras te empaquetan  los bocadillos de mortadela para la playa recién hechos y te preguntan por los niños que ya deben estar muy grandes… europeos de piel blanca como papel de culo enrojecidos por un sol cómplices de las islas que acuchilla con los rayos sus petulantes pieles, prefieren servirse platos hasta arriba en el self-service de mojo, morena y ensalada, para escupir las espinas al suelo, machar los manteles por los chorros de grasa que resbalan por el pecho desde la barbilla y tirar a la basura platos casi enteros de alimentos desperdiciados fieles al slogan vírico del nuevo milenio: “se dueño de lo que pagas: el dinero te permite incluso destruir aquello que compras y consumes”.  
            Gatos mórbidamente gordos se pasean con la barriga a punto de vencer a las patas en su carrera hacia el suelo buscan compulsivamente restos en la parte trasera de los comedores: los más afortunados solamente reciben una patada del metre en el culo, mientras otros mueren ajusticiados por el rodillo contra la cabeza de algún freganchín con la orden de “disparar a matar” si ve bichos por la zona.
            Las llagas han explotado, la lejía la trasporta al purgatorio, el reloj parece ir hacia la izquierda… aún quedan 16 minutos para la salida y es incapaz de ni siquiera fregar una cuchara para el postre… Casi media tarde: hora de comer…coge el plato de bistecs con papas fritas y algo de verdura casi intacto que algún guiri olvidó echar a los gatos y que devuelven a la cocina con la esperanza de tener croquetas para el menú de la cena… se acomoda con medio vaso de cerveza sin gas en el cuarto de los contadores y fuma mientras devora la carne, con el tubérculo y la ensalada, con las manos ensangrentadas y los tobillos inflados llenos de varices, pensando en qué hará de cenar para los niños esa noche.

            Mañana la echarán por robar comida y descansar en horas de trabajo: siempre hay cámaras donde menos te lo esperas.

lunes, 1 de julio de 2013

Escrito (1/7/2013)

Verano azul.
            Tira la botella de ron vacía sobre la cabeza del perro: lo ha visto aullando contra ambulancias invisibles en el fondo del contenedor, pero una vida a cuatro patas importa lo mismo que las cáscaras de plátano que envuelven su pelaje y no importa partir el cráneo con vidrios rotos de un ser que ladra réquiems desesperados a la luna ausente.
            Sus ojos blancos por larvas de mosquitos nacidos en fruta podrida ya solo miran hacia dentro, hacia la época de cachorro, hacia la época de los niños jugando en su lomo al caballito, hacia la época en la que un lazo adornó su cuello aún sin pelo colocado bajo el árbol que adorna el solsticio de invierno, entre las pelotas de fútbol y las bicis de color rojo y rosa –para el niño, para la niña-. Un 24 de Diciembre mojado en lágrimas de felicidad de unos hijos malcriados con armarios llenos de juguetes rotos que disfrutan del cachorro como un peluche con pilas ingastables, tirando de sus orejas, cabalgando en su espalda, amarrando su hocico con cinta aislante y divertirse con la asfixia animal… él lo perdona, porque las almas bípedas son las únicas que albergan rencor y lame las palmas de los niños con sumisa fidelidad ciega, acurrucado en las piernas de un padre que le saca de paseo dos, máximo tres veces a la semana –en función de la necesidad de cerveza y helados en la nevera-, que patea el culo del perro cuando le interrumpe el paso en el pasillo o cuando un mal día con el aire acondicionado roto en el despacho le envuelven la pierna en ira cobarde contra compañeros gilipollas, descargándola contra el cuerpo de un ser inocuo de maldad con solo trasparencia y perdón por pecados no cometidos entre párpados…
            Los niños crecen y ya no divierte mortificar a Kron… la madre está harta de limpiar cagadas del pasillo y de cortar pelos de culo empegostados por la mierda… los días malos y sin aire aumentan con la falta de clientes y cuando los únicos momentos de sosiego y algo similar a la felicidad en lata de berberechos es escapar un día de vereno entre espuma y arena, un perro es demasiada carga en el portabultos y abandonarlo a solas en el piso molesta a los vecinos que no soportan ladridos de auxilio, arañazos tras la puerta ni aullidos agudos como tenedores contra el plato, la opción más humana es envolverlo en un plástico negro –lleno con media sandía podrida y unos cuantos panes duros para amortizar la bolsa- y tirarlo donde nadie quiere respirar profundamente.
            Decenas de mosca comen, acrecientan y desgarran sus heridas abiertas rojamente y ni siquiera posee el consuelo de espantarlas: su cola está mutilada a partir de la segunda vértebra, porque no es su cola, es la cola del amo que decidió hacerla bella con un corte… la diferencia entre un perro vivo y uno de escayola es apenas una lengua que jadea.

            Y trata de dormir Kron de no dormirse esperando la mano salvadora de unos niños que solían cabalgarlo hacia el sol poniente de una lámpara de pie en mitad del pasillo, porque el amor canino se basa en el perdono, en el olvido y en el lamer la mano que golpea al comprender que el odio no es más que el autodesprecio de mentes gelatinosas sin sustancia igual que el tofu hervido.