miércoles, 12 de junio de 2013

Escrito (12/6/2013)


Flashback dance.

            La sangre gotea desde la mesa golpeando la testa abierta por la frente… no pueden moverla porque el golpe sonó seco y temen partir sus cervicales como ramitas de algodón… menos de 35 kilos de mujer, whiskey y huesos marcados a la altura del pecho, apenas sirven para retern un talento escondido cual arpa: irremediablemente tuvo que bailar.

            El compás de la salsa abrio en su cerebro alcoholizado el chorro de los recuerdos e inmediatamente sus ojos salieron de las órbitas para situarse por arriba, encima de su cabeza, 25 años antes, subida a esa tarima del “Utopía”, discoteca de moda en la capital… unos pechos casi descubiertos, piel tersa, tacones, medias de putilla y una cadera con estufa en lugar de coño que se movía hasta el punto de confundir si el movimiento lo dominaba la mujer o la pelvis a ella… cada noche un pene distinto… cada noche la más deseada… cada noche invitacion, elogios y ego que subía metro a metro para con el tiempo destruirse contra el suelo como cristal de vino blanco.

            Noches bailando, mañanas follando, poco sueño… la coca no se hizo esperar, pero igual que los dolores de estómago, donde los antiácidos se recetan para contrarestar las pastillas para el reflujo -paradoja estúpida de los chamanes blancos, empeñados en atiborrar a los niños con antiparásitos en lugar de dejar que coman tierra y caguen mierda- el crac se hizo hueco en su botiquín… polvo blanco para ralentizar la noche y ese mismo polvo, procesado, inundando los pulmones para acelerar las horas de luz… máquina del tiempo loca que poco a poco destruyen la carcasa del mejor motor dancístico que parió la lava del archipiélago…

            Una pescadilla de ebriedad y decadencia: necesita de sus dos fantasmas para poder aguantar la música en la pista, para atraer a su séquito, a su jauría, pero esos mismos amigos traicioneros van consumiendo su carne, su cerebro, su boca… le provocan una metamorfosis invertida donde el gusano que resulta de ella pasa de ser princesa de corazones a bufón de la corte, hazmerreír de jóvenes que ahora se avergüenzan de haber tenido algún día su poya en su boca…

            Pero hoy es hoy… desempolva la corona invisible y a falta de tarima –los bares que pretenden ser decentes esquivan estos adornos- se sube a la mesa… sigue siendo el hazmerreír del público que aplaude con sorna, sonríe con cinismo y anima con sarcasmo… pero en su cabeza 25 años no son nada y se mezclana para confundir pasado con realidad… deja-vù amargo que para acentuar el chiste traba su tacón en la grieta de la mesa y provoca su caída…

            Cráneo abierto. Sangre rota. En el suelo incosciente rodeada por curiosos, dueño del local y sanadores, la música sigue sonando en algún lugar entre ayer, hoy y mañana… un espacio donde solo la princesa destronada puede escucharla.

martes, 11 de junio de 2013

Escrito (11/6/2013)


Escombros.

            Hace dos días que las ratas están comiéndose su cadáver… no llaman a la ambulancia porque esto es el gran bufet: quedaron para morir por exceso de felicidad en lata y qué sentido tiene el llamar a una ambulancia para levantar el cuerpo: todos acabarán igual y, además, si llamasen a cualquier autoridad se acabaría la fiesta.

            En una esquina andan follando desde hace un par de horas –ventajas del cristal- un chaval con sida y un jovencito que acaba de entrar hace poco en ese peculiar “club de los poetas muertos”… ninguno se ha corrido y desde hace tiempo es algo demasiado mecánico, demasiado insípido, demasiado inocuo… aún así continúan porque la otra opción es el agobio acelerado de las paredes en ruinas de la casa donde guardan su arsenal de paraísos artificiales… hartos del alcohol, las otras drogas y de una existencia despreciativa, inmerecida, ignorante de su profundidad... un chico con más literatura entre pecho y espalda que en cualquier biblioteca pública, cero a la izquierda para sus padres que le fuerzan al “A, B, C”: dejar de escribir rayones en blanco, dedicar tiempo al instituto conseguir un buen trabajo… oficina, recepción, mostrador de algún banco… puestos creados para mentes matemáticas, que cierran bajo siete candados el espíritu de un descubridor de arte –el artista no crea, solo arranca de la naturaleza lo que ya existe en sus entrañas para ponerlo en forma conceptual… una obra de arte no es más que un bote donde se guardan pequeños trozos de la esencia vital- y es descubridor se encuentra atrapado en un ataúd con agujeritos para respirar, para que vea un pedazo –solo un pedazo- de sol, para que su agonía se extienda en el tiempo dándole años a su vida de garrafón… vivimos en la época de la máquina expendedora, donde los manjares son para la Navidad, la cubertería buena se exhibe inútil en un armario de cristal y en el día a día comemos bocadillos recalentados y sopa con cucharas de plástico… hipotecamos nuestro techo, nuestras ruedas y nuestro presente.

            La muerta apesta, igual que la fruta podrida dentro de una bolsa azul. De alguna manera todos la envidían, porque ella ya no es nada, dejó de ser… pienso luego existo, pero pensar es el mayor de los infiernos, imágenes que se clavan como chinchetas extragrandes en el cerebro, picajosas como el polvo de la calima… no pensar… ese es el verdadero paraíso… entrar en él cuesta y la puerta trasera es rápida, poco cara y simple de conseguir… un elástico, una cuchara, una jeringa… horas de inactividad cerebral, de vacío, de coma consciente en el que los monstruos salen de la cabeza para regresar de nuevo debajo de la cama… es demasiado complicado ignorar a esos monstruitos que saludan incesantes, constantes, que aporrean las puertas del subconsciente hasta conseguir que sangren las neuronas… un disparo sería rápido, efectivo y económico, pero el suicidio es una paradoja de doble capa donde el cobarde lo es demasiado para luchar con su problema y lo es demasiado para dar el paso final… los elásticos, cucharas y jeringas no necesitan corage.

            En otra esquina, sudoroso y blanco –se acabaron los efectos- un tipo con gangrena en el brazo por alguna púa oxidada que alimenta los gusanos que le han crecido en la corva podrida del codo: siente que su vida es mierda, pero esos gusanos no tienen que pagar por sus errores… ellos sí deben vivir... así que se esfuerza en darles miguitas de pan uno a uno para engordar su carne y tener así alguna compañía hasta la hora H.
            Una casa en ruinas igual que sus cuatro inquilinos: un mausoleo de paredes descorchadas donde un cuarteto de mentes ignoradas son condenadas a muerte por la triple herida social: cobardía, hipocresía, indiferencia.

lunes, 10 de junio de 2013

Relato (10/6/2013)

Rimel.
            Una feminidad llevada hasta al absurdo porque no existe nada más ficticio que la caricatura, la parodia, que la realidad llevada hasta el extremo del ideal inalcanzable: la imitación no es más que un reflejo exagerado de la mentira.
            Unos labios hinchados a base de mordiscos, pintarrajeados con azul marica comprado en tiendas de chinos, porque hasta el glamour debe pagarse e incluso los artistas de boa, maquillaje y abrigos caros deben comer latas de vez en cuando para llegar a fin de mes... una voz prodigiosa de tenor atrapada en el cuerpo escultura de una Barbie destetada, con polla hasta la rodilla: años soñando con el sonido aflautado de los castratis, sabiendo que es imposible, que las hormonas se escapan del presupuesto, que la silicona está reservada para travestis creados por guiones de Almodóvar, no para los que actúan por cena, gasolina y tres billetes de 10 dos veces por semana… nada peor que sentir un pene donde tu cabeza te exige que debe haber un coño, salvo sentir un alma de artista enclaustrada en el cuerpo de un infame, de una vida mediana, ni siquiera mediocre (la mediocritud al menos rompe lo normal).
            Con raya en los ojos, boca cubierta de carmín y eternos tacones para tirar la basura en un barrio que huele a cloaca olvidado por los del sillón, con niños jugando al fútbol descalzo –las playeras tienen que durar hasta que crezca el pie- y padres que los apartan de su paso porque los niños con las niñas tienen que bailar: no hay espacio para ese niño que le gustaba pintarse las uñas con las amiguitas, que amaba cepillarle el pelo a sus hermanas y que soportaba como un verdadero macho las colillas de papá apagándose en su pecho: el dolor supuestamente habría de convertirlo en hombre, en uno de verdad, pero las mentes anacrónicas y vacías se olvidan de que el tesón de ser auténtico es la mayor fuerza de los diferentes.
            Abre el contenedor a duras penas –demasiado peso para brazos-pata-pollo- y tira la basura. Sube calle arriba para encontrase con sus amigas, las únicas, las que no juzgan, las que la tratan como una más, las que van al menos una vez mensual a su espectáculo y no critican que siempre haya un chico distinto entre bambalinas, porque esa es la única condición: pueden entrar todos a mi camerino, pero solo de uno en uno, porque el vicio no es para las damas y aunque te apetezca atragantarte con dos pollas en la boca a un tiempo, dejémoslo para las fantasías mastubatorias y mantengamos un sexo idílico, rosa, limpio… un sexo que ralle lo romántica y se acerque a ese amor con aroma de hombre que te abrace, sabiendo que los muchachos que entran en tu camerino jamás te lo darán: solo un grupo de fans, otros de morbosos que quieren joder que una tía que la tenga el doble que ellos… el sexo amoroso, el romanticismo, está reservado para vaginas reales, no imaginarias y los travestis viejos deben conformarse con migas de pan echadas para despistar el apetito.

            Ahí están sus amigas, en el eterno escalón de la entrada a casa: cuatro señoras de tetas por el ombligo y grasa desparramada, informe, bondadosa… con solo verlas la cara se ilumina con una sandía llena de carmín y purpurina y mientras camina hacia ella otra vez, hacía tiempo que no pasaba: un huevo le da justo en el centro de su peluca… tres chicos a caballo entre el niño y el hombre huyen riendo, doblados por las carcajadas… pero ella ni se inmuta, ni se limpia, ni se contraría… solo lágrimas secas y mudas, igual que el dolor agrio del cigarrillo apagándose en la carne… algún día será quien desea y quedaron atrás los barrios con olor a alcantarilla… aunque siempre vigilará desde el escenario buscando una vez al mes en la primera fila a esas cuatro señoras gordas.

domingo, 9 de junio de 2013

Escrito (10/6/2013).

Senecritud.
“Y cuando envejecen incluso los cabronazos se ven solos y necesitan compañía.”. Tarantino en Kill Bill:Volumen II
            Los chillidos eran de cerdo a medio degollar en el chiquero, desesperado por aferrarse a una vida llena de miseria, mierda, miedo, pero vida al fin y al cabo… en las muñecas y tobillos, las marcas ensangrentadas, aún frescas, de las correas que lo protegen de sí mismo, que acomodan el trabajo de las enfermeras, que lo sujetan contra una cama de hierro en la que un hombre solo se encuentra a gusto durmiendo de lado… el grotesco pañal para adultos soporta el peso de dos cagadas –la primera no tenía demasiada mierda, puede esperar- y sus compañeros de cuarto proyectan un odio y desprecio hacia él, denso, ardiente, como el aliento de almogrote…
            Un anciano barbudo, con la papada cubierta por canas, costras y baba seca, un abultado estómago por falta de comida –se niega a consumir los alimentos del asilo- acompañados por doble ración de costillas sin carne: todo nervios y tendones, como el filete barato… siempre pestilencia a sudor amarillo en los sobacos imberbes y gracias a la calva los piojos solo hacían estragos en el pubis, infectado por el rasca-rasca de unas uñas negras de sacarse los mocos, limpiarse el culo y pasearlas compulsivamente por las agarraderas del retrete…
            Malo… canalla… abandonado… unos hijos existentes solo en forma de cheque a nombre de la quinta de reposo para viejos y unas auxiliares, enfermeras y médicos más pendientes del café de la media mañana que de unos hombres que durante décadas pagaron sus sueldos, sus ventajas e incluso su cárcel… un viejo decepcionado con los dos cosmos –interno y externo- cuya única meta es superar la noche a base de gritos para poder llegar vivo a un alba plagado de más picores, más dolores, más desprecio… el sentido de la vida se vuelve contra la propia supervivencia de la dignidad cuando se antepone la longevidad de los días a su propia calidad.
            El anciano está picado por las piernas de llagas en pus, similares a la de los yonquis con el mono… demasiado cemento durante 38 años de peón, poca ducha y mucho ron con cola y sol derritieron su piel, su corazón y su pudor: el mejor divertimento es sacarse el pene delante de las limpiadoras y mearse en el suelo recién fregado… como respuesta, doble dosis de pastillas y a la cama.
            Orines en las esquinas como un perro cachondo marcando a su hembra… vómito como reacción a almuerzo metido a la fuerza por dos enfermeros… ano irritado por pañales húmedos por cagarse a destiempo, justo en la hora del “Gran Hermano”… un viejo con comportamiento de niño malcriado que solo desea llamar la atención: un perro de presa educado en la violencia sin sentido cuya única forma de recibir una palmada sobre el lomo es destrozando a dentelladas a un perro pequeño frente al amo… un viejo enclaustrado en su propia mente cuya única manera de hacerse notar ante el mundo es con la maldad, con la molestia, con la enfermedad…
            Sin visitas… sin amigos… sin esperanza… un viejo arisco y criminal con sondas en el brazo para poder alimentarse sin dar la lata a los cuidadores… amarres al colchón para así no andar vigilándolo durante la noche… con un arcoíris de drogas multiusos para no llevarlo al médico y dar con el dolor concreto –demasiados gastos de ambulancia y pruebas-… un anciano llorando hacia dentro, con una carne forjada al rojo intenso del cinto paterno, del olvido fraterno, del desprecio social… los trastos solo son útiles hasta que comienzan a ganar polvo y oxidarse: entonces los acumulamos en el trastero hasta que una araña gorda, peluda, nos recuerdan su existencia justo a tiempo para llevarlos al contenedor y deshacernos del estorbo de una vez por todas.

            Un viejo caminando infecto de sus propios fluidos –salvo el semen… ese tubo hace tiempo que se jodió de manera permanente- y deseando que llegue la muerte: tal vez alguien recuerde escribirle una esquela.

sábado, 8 de junio de 2013

Escrito (8/6/2013)


Menos de cien.

            La hinchazón y el color canelo de su vientre le hacían parecer una aceituna rellena, pero en lugar de anchoas con vísceras encharcadas por culpa del Atlántico. La distancia que separa al continente patrio del archipiélago es como máximo tan solo cuatro o cinco veces más de lo que se tardaría a coche en cualquiera de esas islas en ir a hacer la compra mensual… un trecho que a pesar –quizás por- su peligro atrae a decenas, cientos, millares de almas desilusionadas a embarcarse en un viaje de salitre reseco, sol picajoso y sudor apestando a pánico… al menos cuarenta personas embutidas en una baracaza para diez o doce, igual que demasiados huevos colocados en un cartón estrecho, a punto de estallar, transpasándose su excrementos, aliento, emociones podridas de una mente a otro por medio de sus sienes, mientras que alrededor solo encuentran la luna negra, negra como sus hijos abandonados para posiblemente no volver a verlos más que en fotos de cartas como agradecimiento de envíos monetarios… luna negra incapaz de alumbrar la apertura marítima, la inmensidad del océano, maldito y salvador, como ese dios cínico y malhumorado, que es como un padre antiguo con una mano abierta para la caricia de los buenos actos, con una mano cerrada sosteniendo el cinto para los errores de la debilidad… agua… negritud… peces que devoraran los cadáveres de los más enfermos, de los más niños, de lo más incapaces de soportar la fatiga: el patrón ayudado por alguno de los que tienen callos en el corazón los arrojará por la borda y así evitar posible infecciones. Un crucero de rabia, desprecio y muerte, surcando los apenas cien kilómetros del purgatorio, pues superan el infierno del hambre, la guerra, la represión, para entrar en la cárcel dorada de los prejuicios, la mendicidad, la burocracia industrial que trata a personas como números inscritos en un registro, tachados por el crimen de la simple existencia como Segismundos que en lugar de sueños viven en una torre construida por pesadilla y temor, miedo, terror por no conseguir ser un esposo, padre ni hijo a la altura de las espectativas: se lanzan contra las olas sedientos porque del otro lado de la espuma se encuentre el sueño africano, la abundancia de los ríos de leche, de las manzanas de oro… pero cuando pisan la arena –los que no han sido pasto de cabozos, enfermedades ni autoridades de verde- se encuentran con que los mitos de griegos mariquitas con barbas no son más que fantasías de mentes con demasiado tiempo libre para las divagaciones… el paraísos de los héroes no es más que fraude, un engaño, una nación de cemento, cieno, obstáculos, aceleración occidental y desprecio de la piel ajena… desengaño solitario del padres y madree que con promesas de barrigas llenas, cerebros cultivados e hijos sonrientes, se estrellan contra el muro de la vida: puedes saltarlo, pero no derrumbarlo… al menos puedes saltarlo.

            En la orilla uno de estos héroes… piel aceitunada, barriga inflada por la humedad y la putrefacción…

            “¡Mamá!¡Mamá!¡Un señor en la orilla!”grita una niñita rubia con tirabuzones: el primer contacto con la muerte fuera de un ataúd.

            Más tarde llegan la “Cruz Roja”, los tres cuerpos de represión del estado –municipal, nacional, militar-,curiosos varios… decenas de hipócritas con la barriga también inflada, pero por el sobrepeso de dátiles, cervezas y la ensaladilla de los domingos… “¿Puedo ayudar?”,”¿Puedo ayudar?”Todos quieren ayudar… pero el calor comienza a apretar, el niño quiere construir un castillo de arena, el hedor del muerto comienza a apestar, la garganta pide cubata fresquito… pronto se van alejando todos… uno a uno…

            La vida sigue, normal, ajena, ignorante: padres e hijos jugando con las palas, mujeres sin bikini coloreando sus tetas, chicos jugando al fútbol con montículos como porterías, un muerto en la orilla y su única compañía un poli que debía de haber salido hace una hora de su turno… “Puto muro, al final no llego a casa a comer” exclama el policía.

viernes, 7 de junio de 2013

Escrito (7/6/2013).


Solo recuerdos.

            El sumidero de la ducha ya hacía tiempo que no estaba atascado… hasta hacía unos seis meses una de la mayores riñas eran que él siempre dejaba tupido el desagüe por culpa de los mechones de su pelo, una melena que crecía ridículamente desde la mitad de la cabeza tratando de ocultar una evidente calva… pelos casposos que se le metían a él en la boca mientras dormía, pero que el otro se negaba a cortar –ni siquiera las puntas- por evocar una nostalgia rockera que se ancló en los ’80, cuando hubo de someterse a la realidad que lo condenó a una tienda de muebles de por vida, que no fue muy larga… hasta hacía unos seis meses la melena era el mayor motivo de discusión: luego llegó el cáncer… con la quimioterapia se terminó de caer el resto del pelo, junto con su fuerza, su jovialidad, su ilusión… al principio un quiste que se hinchaba como un huevo sancochado a fuego demasiado rápido hasta estallar en metástasis… hígado… corazón… cerebro… solo esperar, solo asumir, solo resignación…

            Allí se encontraba bajo el chorro de agua tibia –él nunca soportó los extremos y siguió conservando esa costumbre a pesar de que él adoraba abrasarse con el líquido- mientras sus lágrimas se perdían iguales que entre la lluvia de un cielo contaminado… golpeo rabiosa, repentina, odiosamente una baldosa de la pared hasta desquebrajarse los nudillo: una mezcla de sangre, agua sucia e ira se deslizaban por los agujeritos de aquel sumidero… se habría dejado cortar el ojo con un folia con tal de que se obstruyera el paso del agua con aquella melena cochanbrosa.

            Mucha memoria desperdigada por aquel baño sin espejos: se peinaban, limbiaban y afeitaban el uno al otro, porque no les gustaba ver su propia imagen, porque para reflejos ya les era sufciente con el del hombre que amaban: se dejaban dibujar la barba al gusto del otro, porque el pelo de la cara solo lo disfrutan los observantes, pues la cara del que la lleva no es más que un marco que sotiene la pieza de arte… A uno le gusta fina, apenas una línea cortando la silueta cuadrada de la barbilla y las patillas… a él le agradaba un rostro poblado, espeso y solo necesitaba un par de tijeras para quitar dos o tres vellos sueltos, unas pinzas para los enquistados.

            A veces llevaban una sidra de tetrabrick –el champán en la bañera es una fantasía disneyésica de las películas de los años ’50 que adoraban ver los sábados por la tarde- para tomarla mientras se secaban, se cepillaban los dientes, mientras cagaban el uno frente al otro, porque la expresión máxima del amor no es los besos, los coitos, los paseos cogidos de la mano… el amor al cubo es contemplar a tu compañero en los momentos de mayor bajeza, de mayor escatología, de mayor debilidad y mantener un apoyo incondicional a pesar de que el amor se cubra con la tela de cebolla de la repugnancia.

            Tras salir del baño se acostaban, sin importar la hora, la mayoría de las veces sin sexo: entrelazaban sus piernas, él acariciba la melena ridícula y sus penes jugaban a darse cabezasos cuando la sangre los hacía latir… las caricias de la siesta con el tiempo fueron sustitas del sueño y las endorfinas de sus pieles –el amor no es más que química enlatada en provetas de carne- superaban con ardor a la serotonina.

            De repente el cáncer… un baño centro de la casa de cara a la convivencia en pareja, se convirtió en un cuarto de vómitos, morfina, baba… en las últimas semanas ni siquiera fregaba el suelo: simplemente colocaba una sábana en el piso y cuando estuviera totalmente llena de fluidos –no tardaba más de un día en ocurrir- la tiraba al contenedor y la cambiaba por una nueva… hipoalergénica: los medicamentos habían acentuado sus alergias y hasta los suicidas se quitan las gafas para no hacerse daño cuando caen.

            Una muerte fea, consciente segundo a segundo, monstruosa… y hoy solo queda ducharse solo, frotarse él mismo el pene tras el baño, soñar por las noches que tiene un desatascador en la mano y está de rodillas metido en el plato de ducha, para despertar, volver, asumir lo brutal de la soledad impuesta.

            Sigue sin espejos: él es el de la barba poblada y no le importan los pelos sueltos ni enquistados… donde debería de haber uno está colocado un trozo de la última sábana, aún con vómito en sus bordes: el recuerdo, el amor, no pueden ser completos si solo se mantiene la memoria buena.

jueves, 6 de junio de 2013

Escrito (6/6/2013)

Sodoma.
            Media cerveza abierta y caliente junto a cuatro latas vacías, olvidadas sobre la mesilla de noche de una casa ajena, abierta hasta el amanecer, como las piernas de una puta que yace a su lado… abajo la fiesta continúa tras catorce horas de divertimento ininterrumpido a base de alcohol para superar la timidez, coca para derrotar el agotamiento y cristal para sobreponerse al sexo sin condón anónimo… el lúpulo, cereales y cebada se encuentran aposados en el fondo del metal con una capa anaranjada de líquido sobre ella, derretida por quince minutos sin beber: los suficientes para un polvo vacío, un polvo decepcionante, un polvo de orgasmo a medias… un polvo perfecto… y a su lado está ella, con el pelo lleno de semen y sangre –follaron con la regla: el mito asegura que te puedes correr dentro- y su pene embadurnado por la misma viscosidad roja, aún dando cabezadas contra los testículos… pero él no siente nada… a diferencia de ella, una Venus con pelo de Medusa narcotizada, insensible por pastillas y polvos, él nunca ha sentido nada, bueno nunca desde que partió los pinceles: derrotado por no vender lo que pintaba, se decidió a pintar lo que vende… el resultado algunos cientos de miles –de sobra para piso, coño y coche- a cambio de un alma que lleva demasiado tiempo en el congelador… eyaculó sobre una de las caras más bellas que ha poseído entre sus sábanas, pero esta tarde ni siquiera se acordará del color de sus tetas: el apetito caprichoso solo puede ser satisfascido con el alimento conreto.
            Años, lustros, casi dos décadas sin óleos, atriles ni pelos… ahora es la época bukowskiana de tontear con birra, vino español y alegría colombiana… no es un intelectual –desprecia a los imbéciles que se tragan “The Office” americana completa, no conocen la británica, pero aseguran gustarle más por ser hipsters, progres… parásitos de la ignorancia impresionable de lectores de Paulo Coelho como sucedáneo caducado de Séneca, Platón…-,no, él no es un intelectual que busca mundos hiperrealistas con los estupefacientes: es un hombre descorazonado de sí mismo que en jeringuillas, tubos y papelillos busca revivir, despertar, sentir… pero todo falla… la heroína es un burro cojo… las prostitutas de lujo son vírgenes del Opus… las películas de Buñuel, Walt Disney en estado catatónico… nada se compara a la época del pintor –no del comercial y del experto en marketing… del PINTOR-,nada se iguala a la emoción de colocar pintura para arrancarle a la tela blanca el dibujo que esconde… nada hay en el mundo que lo motive a vivir, pero peor aún, nada existe que lo desmotive lo suficiente como para morir.
            La chica comienza a sangrar por la nariz.
            Entra un tipo medio borracho, doble encocado, que se para en el marco de la ventana y observa a la pareja: ambos están boca-bajo. Se acerca… los huele… les aproxima la mano… se baja la bragueta y elige al macho: hoy probó el absenta, ¿porqué no un culo sin agujero delantero?
            Comienza a penetrarlo, mientras el antiguo pintor nota el bombeo del pene… no se resiste, no se defiende, aun siendo capaz de reaccionar –años de golpes neuronales han desarrollado una capa en su cerebro que lo mantiene consciente cuando otros ya estarían en coma-y se deja dar por culo… no es gay, ninguno es gay: uno prueba, el otro se deja probar.
            Se corre dentro –al menos no estropean su peinado- y sale del cuarto sin sonreír, llorar ni pensar… el borracho continúa acostado al lado de la joven al tiempo que desde abajo suenan unas torpes notas de Blues… la violación consentida y el pentagrama deprimente le hacen sentir asco… contra nada ni nadie en especial, solo asco… y sonríe: el asco es mejor que el vacío.

            Quizás estar tarde comiences a pintar…