martes, 20 de agosto de 2013

Relato (escrito en el 19/8/2013)

Héroe.
            No es más que una broma negra, un embuste consentido disfrazado de inocencia, un juego de soberbias contra Dios.
            Cuatro letras en la enfermedad y las pastillas sirven tanto como el lápiz blanco del estuche: solamente unos cuantos calmantes de la ruleta de drogas le hacen más llevadero los dolores, los espasmos, los temblores sacudidos por una mano gigante que le aterroriza anunciándole las diarreas como chorros de piscina, los sudores fríos sobre la fiebre a 40, la tos insistente que alguna vez le partió las costillas con su fuerza pugilística, pero el dolor no es lo que lo atemoriza como una paloma rodeada por niños imbéciles pisando cerca de ella… su pavor es saber que el cuerpo será un trapo moviéndose aleatorio como el jazz clásico y que un virus invisible hasta al microscopio lo doblegará durante los ataques, lo tendrá sometido inevitablemente como las putas que aceptan el dinero de un cliente por adelantado… su terror es su orgullo, porque en su miseria lo peor no es tener a la muerte pegada al culo como el pelota de la clase, sino saber que poco a poco irá perdiendo su dominio sobre las funciones del cuerpo, del apetito, del gusto… incluso llegará un tiempo en el que lo amarrarán a la silla de plástico color blanco deprimente, de algún hospital ruinoso como su salud, en el que aspirantes a enfermero demasiado gandules para terminar el bachillerato le bañarán con una esponja que probablemente haya pasado antes por los huevos del algún viejo medio vegetal... no existe un peor castigo para el ser humano que ceder su poder fatuo a terceros, a subordinados, a hijos que visitan dos tardes por semana, porque en la inmensa pedantería del hombre su peor talón de Aquiles es descubrirse dueño únicamente de su propio despojo: todo lo demás es una migaja que le sobra a Dios en los bolsillos.
            Normalmente no le da tiempo de llegar hasta el baño y los vómitos de sangre cubren por completo el lienzo, esos cuadros surrealistas de princesas con tres piernas escupiendo sobre la corona que solamente valorarán en un par de siglos como a los del de la oreja, mientras que petardos con demasiado dinero y poco tiempo para leer compran sopas de tomate en lata alimentando el ego de un payaso mentiroso que se aprovecha de la paranoia del ignorante con poder para jugar a ser artista… después de todo si Picasso al principio no hubiera seguido las normas quizás habría sido un imbécil disléxico que colocaba las narices en lugares equivocados… la energía más peligrosa del mundo no es la bomba atómica, sino el atrevimiento de los imbéciles.
            Con su propia sangre continuaba descubriendo los trazos escondidos porque si de ella se parían los fetos del dibujo, ¿porqué no dar a luz con ella misma? El dolor desencajaba su estómago como si dos gatas en celo se peleasen en las tripas por una rata muerta, los coágulos colgaban desde la barba igual que pequeñas estalactitas soñando con huir del techo y en su propia agonía las mejores drogas son una palmadita en la espalda, tan bienintencionada como inútil: solamente pintar lo mantiene sin ganas de volver a rajarse las muñecas, solamente esperarle volver del trabajo para que le pase un trapo limpio y húmedo por los labios, le bese en la frente y con una descarada mentira le diga lo guapo que está hoy es lo que le da motivación para estirar una vida de mierda algún par de años más, lo justo para que la goma se rompa igual que cuando se infectó, pero esta vez le de en medio de los ojos igual que una bala irremediable, fulminante, tan irreversible como la mierda que se caga.

            Una pensión vitalicia para sobrevivir que se va mayormente en medicinas y marihuana: el resto, para la comida, se gasta en pinturas, caballetes, telas, que nunca verán los museos, las casas de subastas, ni siquiera los hoteles de dos estrellas donde follan suecas jóvenes, borrachas por la labia empalagosa de chicos del lugar… la enfermedad lo consume, sin cura, sin remedio: su único alivio pintar y esperar, esperar a su príncipe gordo cargando bloques en algún edificio a medio hacer… pintar y esperar, esperar a que el pincel nunca se parta y pueda continuar expresando al virus en forma bella, porque la hermosura suprema consiste en escupirle al dolor mientras sonríe, justo cuando piensa que ya te sometió, que ya te suicidó, que ya te robó el hambre… pintar y esperar, esperar a que la fiebre lo enloquezca y entonces ahí, quizás ahí, por fin dar a luz el mayor cuadro jamás pintado, ya que, en un mundo enfermo de cordura, patrones y modas ser loco es el único modo posible de conservar algo de individualidad, de autenticidad… para conseguir ese casposo deseo de la salvación mundial debemos permitir que las mentes de las nuevas generaciones sigan destruyéndose por la locura, porque una mente desquiciada no es tan horrible como pudo pensar el poeta mientras aullaba a la luna escribiendo en su cuaderno, porque en una vida loca donde la mitad de los niños mueren de inanición, desnutridos, chapoteando aburridos en el agua mustia y negra como el humor de Dios igual que palomas del parque con el buche tumoroso refrescándose en los orines de los perros mientras que la otra mitad de la infancia se asfixia por sus lorza que oprimen el corazón con grasas de laboratorio y aguas envenenadas con colorines, gases y azúcares, poseer una mente enloquecida es el gesto de heroicidad suprema porque en un mundo donde ya existen demasiados retratos de paisajes con el claro de luna sobre la orilla con dos enamorados besándose sobre las rocas, pintar un cuadro en tinta de sangre por el puño de un enfermo atrapado por la pasión de lienzos que tal vez solo se usarán para tapar los huecos rotos de las paredes descorchadas, sea la única salvación posible.

jueves, 15 de agosto de 2013

Escrito (15/8/2013)

V
            A pesar del cráneo roto el maquillaje seguirá intacto.
             Al final de cada noche los aplausos se retienen solamente unos segundos más en los oídos, pero nunca claros, solamente escupitajos de palmas que chocan entre sí como monos en celo algunos borrachos que se acercan a la terraza para reírse a menudo más “de” que “con” los maricas, aplausos que  como el eco distorsionado de un antiguo cassette al que se le están terminando las pilas morirán irremediablemente en el lugar donde se entierran los cadáveres de perros muertos que jamás van a visitarse, aplausos que se consumirán como garrapatas clavadas por accidente en un hueso del que no puede brotar sangre, aplausos que se desvanecerá como los amantes de una sola vez, uso único como el filtro de los cigarrillos, tirados al fondo de la alcantarilla dejando rastros de cáncer, culpa, ardor, pero jamás de satisfacción: el placer del momento se diluye a la misma velocidad que el humo en un incendio y la denigración es tan decadente como la de una madre alcohólica que asfixia a su hijo dormida sobre él en plena borrachera… en el camerino cutre de un bar de ambiente “Sirena”, nombre artístico de un transformista de voz metálica, nula en solfeo, torpe en el baile, pero con un carisma equivalente a la de astros del fútbol, con una feminidad en los movimientos que hacían olvidar lo postizo de su vagina, con tantísima energía que las tablas del escenario se podrían al acabar su espectáculo que Sirena fue siempre la presentadora y atracción personal de un bar donde llegaron a ir incluso alcaldes, ministros y empresarios a cara descubierta: lo gay está de moda, los billetes y votos rosas tienen el mismo valor que los verdes… la hipocresía es una máquina antropofágica que consume los ideales igual que serpientes famélicas engullendo ratones vivos parapléjicos.
            Los aplausos se pierden, los chistes verdes ya no tienen ni picante ni gracia, el micrófono se apagó hasta mañana como un halcón con la capucha sobre los ojos y en ese camerino cutre solo hay una toalla rasposa para quitarse el sudor y la purpurina, algunas botellas de agua y un fan joven tímido y feo que con la excusa de pedirle un autógrafo acabará llevándose la mejor mamada que nunca imaginó, pero solo eso: una mamada… escupirá el semen y no dejará que nadie la penetre, además, todo lo harán vestidos, porque ella es chica de uno, de uno al que picó el bicho para dejarle el veneno verde, un bicho con veneno viejo que ya puede curarse, pero la salud de maricones con condones rotos no es tan popular como la de niños con cáncer de médula, prolongarle días a los chupapollas viciosos es publicidad negativa para empresas farmacéuticas que no viven de la salud, sino de la enfermedad, del bienestar, sino del dolor, del producto estrella anunciado en el televisor antes de la “Coca-cola”, justo después del jabón de los payasos, porque una cosa es que presidentes de empresas farmacéuticas se fotografíen con Freddy, Nureyev, Hudson y otra que le limpien las sábanas manchadas de mierda, sudor y escalofríos al homosexual anónimo que eligió, contra toda naturaleza, un estilo de vida predestinado a la autodestrucción.
            Es chica de uno, de uno al que le picó el bicho y que desde antes de que fuera legal le pidió matrimonio con anillo y todo, porque con papeles o no, casarse no es más que la simbología inútil de un hecho ya consumado… chica de uno con la que tras hacer el amor –siente que solo folló una vez en su vida, solo con el primero, un taxista versátil con los huevos demasiado cargados como para aguantar hasta que terminase la jornada- le gustaba rodearse cinematóficamente entre sus brazos: rodeado, protegido, tapado por un varón cálido como las tetillas de las perras recién paridas cuya leche es un pretexto, un trámite, un intermedio burocrático para amantar a sus cachorros con seguridad, compenetración y fidelidad, porque el amor no trata de rosas, velas y luz de luna, el amor se trata de saber que cuando estés cagando sangre por el retrete habrá alguien que limpiará las baldosas del suelo mientras te prepara el cocktail antes del desayuno.
            Es chica de uno, al que le picó el bicho, que le dejó un anillo que tiró hace tiempo contra los riscos de la playa sabiendo que el agua termina por convertirse en nube, justas, por encima de todos siempre humillándonos soberbias sin distinción alguna.
            Sirena… camarera del local, soportando los pellizcos en el culo de viejos verdes confundiendo ser libres con ser unos completos gilipollas, que una vez tuvo que salvar la noche con su cara, su pensamiento rápido, su “el fracaso ya lo tengo” sustituyendo a la diva del momento atrapada en un atasco a diez minutos de empezar el bolo.

            Hoy es la estrella, la diosa, la elegida… la marica asesinada con los sesos por encima de todo el bordillo: un par de chicos con la cabeza al cero y un par de bates. Un cerebro desmigajado tratando de escapar del cráneo de una víctima del pensamiento anacrónico, pero con el maquillaje intacto, porque a pesar de la irracionalidad, de la violencia, del desprecio el odio no es más que un fuego fatuo que alumbrando demasiado se consume pronto gracias al peso de su propia porquería y mientras hayan maricas con los cojones suficientes para “hablar por su diferencia”, el maquillaje siempre seguirá intacto.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Dos escritos (14/8/2013)

Fantasía 2000.
            Hoy he violado a Mickey Mouse: lo penetré duro recordándole que para mi no estaba siendo más que un ano, un juguete, un desahogo de mi ira –ni siquiera me despierta libido- al que desprecio profundamente gracias a esa sonrisa patética, a esos guantes de cirujano patoso, a esa voz afónica de niño acomplejado. Me da asco: es idéntico a los líderes autoproclamados, elegidos, cambiados cada cuatrienio en urnas de cristal fino que estallan como pompas de jabón cuando vibran por culpa de las carcajadas del congreso, repartiéndose el país, jugando al “Monopoli” en tres dimensiones, intercambiando sillones, cargos y ciudades como estampas repetidas en el patio del colegio… me da asco Mickey Mouse: con su humor barato, con guiones que escriben siete u ocho becarios, con su simpatía ensayada delante del espejo pretende que nos olvidemos de que en el fondo no es más que una rata que apesta a cañería húmeda.
            Hoy he violado a Mickey Mouse: cuando estaba a punto de correrme saqué mi pene y eyaculé en el colchón… no deseaba irme ni dentro ni sobre él, porque mi esencia tangible más profunda no puede rebajarse a entrar en contacto con un cretino, con un falso humilde, con un hipócrita que se erige como amigo de los niños que cuando llega a su castillo apoya las patas sobre Minnie, fumándose un purito con Walt, contando las montañas de monedas conseguidas con la perversión de la inocencia infantil. No… mi semen está reservado para otro: el semen hay que derramarlo en el interior de un chico rubio y virgen que te elige a ti, solo, irreversible e irremisiblemente por primera vez a ti para que tomes su intimidad más íntima sobre las sábanas destartaladas de un colchón de muelles saltarines… el semen debe echarse sobre los pechos de una desconocida cuyo nombre puede ser mentira, una mujer semiebria que descubres en la barra de un local de moda haciéndote soñar con su vagina que deseas irracional, desesperada, bestialmente que sea tan dulce como su voz, tan agradable como su conversación, tan amarga como su infancia… el semen se escupe en el útero de quien deseas que lleve el peso de tu miedo, tu desesperanza, tu tristeza compartiendo el clímax último del sexo que por encima del orgasmo es la compenetración… el flujo, el semen no debe desperdiciarse en una rata de pantalones rojos, porque el esperma es el cenit del amor, del deseo, del entregamiento masculino… al final resutla que el amor su expresión última resulta ser viscoso como la miel cálida.
            Hoy he violado a Mickey Mouse: cuando acabé tomé a ese roedor por su nariz tumorosa y lo arrastré hasta el retrete… llamé a mi sobrina de dos años… la senté en el lavábamos… tranqué la puerta con llave y la he obligado a mirar mientras ahogaba en una mezcla de agua, odio y heces a su héroe de la infancia en el fondo del inodoro… el bicho pataleaba porque incluso los parásitos más pequeños son demasiado orgullos ante la muerte creyendo que resitiéndose con furia física podrán superar los deseas de esa caprichosa con guadaña. La niña llora, muerde, patea… intenta arrancarme a Michael de las manos, pero la sujeto por el cuello y le enseño como ese ratón va dejando escapar la vida en forma de burbujas de oxígeno que desaparecen… uno menos… muerto… el horno suena unos minutos más tarde…
            Siento a la niña en su tronita y saco a Donald del horno: pato a la naranja. Trincho a ese bastardo, le envuelvo con el zumo de naranja, pincho un par de trozos en el tenedor, pero la niña no quiere despegar los labios: le aprieto en la nariz, le fuerzo a abrir la boca, le atraganto con un muslo de ese pato disléxico con dicción distorcionada y cuando por fin consigo que entre sollozos le de un mordisco oigo a Pluto aullando como una sirena rota junto al cadáver de su amo.
            Pluto… siempre fue mi preferido: en un mundo grotesco de cangrejos graciosillos, hienas malvadas y pajaritos costureros este perro es el único orgulloso de su esencia, el único con personalidad suficiente para decir “guau-guau” en vez de hablar como los cerdos a dos patas, el único con pelotas para aceptar que es un perro, ni más ni menos, sin envidiar a los humanos ni intentar violar su propia alma fingiendo en vez de siendo… lo encuentro olisqueando el perro, gimiendo y lamiendo: cuando me dirijo a patearlo para recordarle que ahora es libre, de repente orina encima de la rata y empieza a corretear de un lado a otro como si tuviese en el culo un volador a punto de reventar que no puede sacarse… es normal: quien ha sido durante años una marioneta se siente perdido cuando los hilos se tajan de golpe… la esclavitud es horrorosa, pero cómoda: siempre hay un amo que te llena el estómago, te limpia la mierda de vez en cuando y si te comportas bien incluso te regala unas palmaditas en el lomo… la vida del libre es una vida de responsabilidad, elección y albedrío propio, una vida difícil, complicada, cargada de trabajo, pero la mejor vida, real, única, propia.
            Hoy he violado a Mickey Mouse en tributo a esas niñas famélicas que tiran el almuerzo a escondidas de sus madres, con tal de parecerse a una Blancanieves con cintura de avispa sometida a las perversiones de siete enanos salidos… hoy he violado a Mickey Mouse en honor de esas niñas que eligen el silencio por norma como Ariel siguiendo el ejemplo de una sirenita sumisa y muda con terror a tener opinión propia, traicionando su familia, su reino, su esencia para satisfacer los deseos de un príncipe tirano adicto a las pesas de gimnasio… hoy he violado a Mickey Mouse para salvar a todas esas niñas que se pintan los labios con brillante, que se calzan zapatitos de cristal, que se ponen trajes de gala a ras de las nalgas, pensando que cuanto más carne muestren antes llegará a rescatarlas su príncipe azul.
            Hoy he violado a Mickey Mouse porque desprecio una fantasía que convierte a las niñas en putas, a los niños en maltratadores, cuyos valores son la ignorancia como sinónimo de la felicidad, la dependencia femenina como única forma de subsistencia, la dilución del “yo” en post de la masa que debe ser seguida porque lo importante en este planeta no es el criterio propio, radical, exclusivo, sino el populismo, el capital, el encajar pasando desapercibido…
            Hoy he violado a Mickey Mouse porque no quiero despertarme por la mañana con el canto de los pájaros, con un perro que me traiga las babuchas hasta la cama, con una mujer que me deje el desayuno caliente sobre la mesita de noche… quiero levantarme cagándome en el despertador para irme a trabajar, quiero que me despierte el sonido de un pedo bestial que le salga del culo a una mujer de verdad, que babea la almohada, que lleva el coño sin depilar, que tiene el aliento apestándole a cansancio, acidez y borrachera… quiero levantarme sabiendo que el color de rosa es una fantasía inútil de ratones parlantes, donde el gris impera, done despertar es duro, donde cada logro es una batalla cargada de heridas, fracasos, desengaños… y belleza  porque el cenit de la hermosura es acostarte por la noche sabiendo que has sobrevivido un día más a un mundo lleno de decepción, maldad y trampas en el que solo unos pocos valen la pena y cuando das con ellos nada más importa porque pelear, pelear y pelear en una vida en blanco y negro es la ostia.


Penado contra la pared.
            Sangre, carne, piel descamada le saltaba a la cara como los ciscos de madera fresca violando los ojos de un carpintero con la radial en marcha… los chasquidos de la correa son secos, cortos, lastimeros, la misma correa de cuero con la que sacará a pasear a un perro mimoso, gordo y jadeante que duerme en el mismo colchón del padre custodiando la última lata de la noche, la que utiliza como somnífero para borrar las humillaciones del hoy o como mínimo hacer más sencillo el soportar las vejaciones del día en el banco, con un director hitleriano, un aire acondicionado siempre roto en pleno Agosto y una compañera de trabajo tan repugnante al físico que su fealdad se queda atravesada en el gaznate lo mismo que un olor nauseabundo y pegajosos cuando llega desde la nariz.
            Esta vez el chico se ha dejado la cama sin hacer: siempre se levanta con la barrita larga del reloj demasiado cerca de la primera hora del colegio y un crío de diez años que aún se mea en la cama por culpa de sufrir un profundo terror paternofilial se ve angustiado entre dejar los pantalones secos en el armario y llegar a tiempo a matemáticas o hacer la coma, tomar la guagua y soportar las burlas de sus compañeros de clase al verle la mancha elíptica traspirándose por las perneras… prefiere dejar desordenado el cuarto: para cualquiera con orgullo y un par de cojones las burlas, aunque sean de niñatos con los testículos sin haberse descolgado todavía, son más dolorosas que un par de correazos.
            La fustigación la hace siempre con la camiseta del niño puesta, siempre un viernes por la tarde para darle tiempo a que cicatricen y así el lunes el profesor de gimnasia no pueda ver las marcas cuando el chico se cambie para volver a las aulas… así son los cobardes: en la intimidad son monstruos de cuernas y alas aterrorizadores con un nivel de enfermedad lo suficientemente alto para cometer las mayores abominaciones, pero se cagan con “el que dirán”, con la idea de salir a la calle sin su capucha donde saben que los vecinos les escupirían en mitad de la frente si descubrieran que esa sonrisa de dientes blancos, lineales y cuadrados no es más que un escudo, una máscara de nariz larga: las calles son espejos puestos a lo largo de nuestra biografía y en la intimidad de nuestros deseos solemos ser tan oscuros que desearíamos tener el coraje suficiente para ahorcarnos… pero como somos débiles, descargamos la furia contra nuestras esposas porque ellas no son como las amantes que sostenemos a base de polvos y dinero quienes nos darán la patada cuando aparezca ese muchacho más guapo, más joven, más rico… descargamos la furia contra nuestros hijos seguros de que su voz es suave, sin ira ni poder como la del jefe al que debemos sumisión… descargamos la furia contra nuestros perros, fieles, de mirada gacha y rabo entre las piernas conscientes de que aunque les partamos sus hocicos en seis partes con la bota siempre volverán a lamernos las manos.
            A veces, desgarra tanto al niño, que le salpica sangre a la cara y esa es la alarma de frenado… el crío, febril, cojo y agotado ni siquiera grita porque sabe que así lo joderá más: los monstruos pierden su poder en el momento justo en que dejamos de mirar bajo la cama.
            Un niño sin escapatoria que dentro de ocho, nueve, máximo diez años se enroló con los de infantería para convertirse en sicario del estado y conseguir un sueldo con el que llenar la barriga, guardar unas cuantas botellas de amnésico tinto en la nevera –pero la tinta del pasado es demasiado pringosa como para que se llegue a borrar del todo… el mal recuerdo es como ámbar derretido en la corteza de un árbol conservando impolutos pensamientos intachables- y una pistola con la que fantaseará a diario con abrirle un conducto de ventilación a la cabeza de papá… lástima que con su prepotente, estúpida, cínica omnisciencia Dios considerase más oportuno un cáncer de pulmón: tal vez quiso dar señales al párroco del barrio, el que fuma dos paquetes diarios en el cementerio.
            Se sienta a leer, algo de Proust: es un padre idílico la envidia de la comunidad paterna del barrio, un señor que siempre anda leyendo con un cargo importantísimo en su banco sin vicio alguno más que media copa de vino los sábados en el porche mientras lanza la pelota al perro… lástima de hijo rebelde.
            Aprovecha que su padre está descansando los brazos para dar una vuelta por la manzana a ver si el aire le alivia un poco las ganas de desmayarse.
            Maltratado, sin mucho rendimiento en clase e hijo único, pero cuando piensas que la vida ya no puede hurgarte más en el alma siempre consigue darle vuelta a una broca todavía más grande: súmale acné prematuro, rojo encendido, relleno de pus, fingiendo ser una barba… el muchacho se entretiene en rascarse los granos mientras anda, dándose cuenta de que los otros niños se le alejan insultándole por lo bajini haciéndole cortes de mangas desde lejos, aunque unos pocos tienen la decencia de pegarle unas bofetadas y eses su momento de descargar la ira acumulada como el fuego que esconde un fósforo que todavía no han rascado contra la caja… pero hoy no tiene suerte: solo niños maricas que le insultan por lo bajini.
            Los granos, el lomo, las piernas… todo parece que va a estallar: necesita sentarse. Se acurruca contra un portal en el escalón lleno de hormigas de un edificio casi centenario y la típica vieja que vuelve con el carrito cuesta arriba lo lleva observando desde hace cien metros, sonriéndole, siempre amable como todas las viejas malfolladas y le saca un caramelo de nata del bolso que el chico coge con suma lentitud para desenvolverlo, guardarlo para el perro –el perro no tiene culpa de nada- y escupirle un buen pollo repleto de mocos a la cara barbuda de la vieja: jamás comerá ese caramelo, jamás aceptara esa limosna, jamás caerá en el engaño de los detalles dulces de una vida traicionera… su mayor desprecio más que a su padre, más que a la corre son las personas que le tienen pena, porque los tiene por falsos, rastreros, mentirosos… porque la compasión no es más el odio vestido de terciopelo, la expresión sutil del asco para los cobardes, para los hipócritas.

martes, 13 de agosto de 2013

Escrito (13/8/2013)

Cuentos y hadas.
            Intentar clavar la aguja en ese flexo del codo era lo mismo que comerse un merengue cortándolo con cuchillo y tenedor: alguna púa oxidada, infectada o simplemente llena de polvo le habría infectado el brazo dándole un curioso olor agradable a cobre seco, dejando sus venas traslúcidas como una semilla de mariposa esperando a estallar del capullo, comenzar su vida, correr la maratón del tiempo con destino único hacia el cementerio, el hoyo o el estómago de alguna araña hambrienta. Un brazo extremadamente delgado, hecho de papel de cebolla viejo, amarillento: un amasijo de venas, hueso y piel, un charco con poca profundidad donde el veneno se negaba a bucear.
            Dolor… ansiedad… llanto… grititos agudos, sordos, lastimeros como el chirrido del tenedor contra un plato exhalan de cuando en cuando: piensa que si tal vez deja escapar esos chillidos la tortura se irá lo mismo que el sonido. Hace tiempo que las heces se han colocado bajo las nalgas, lo elevan tiernamente del suelo y lo convierten en monarca, rey, señor de su miseria sentado al trono de la vergüenza: un palacio de paredes descorchadas, cucarachas con alas abiertas y un perro feo, despelusado, ciego encaramado desde hace rato a su pantorrilla porque al menos uno de los dos tiene derecho al placer… nada en la jeringa: solo restos de semen animal en la pernera, alma seca sin fuerza, sin gas y almorranas en el culo demasiado sucio, porque cuando las jacas tardan demasiado en volver a las cuadras la única preocupación es que los establos recuperen sus caballos: no importa comer, no importa dormir, no importa ser persona… el cerebro te pena de cara a un espejo cóncavo donde el dolor desfigura tu rostro como el ácido sulfúrico y la única idea en la mete es “chute”.
            Pero la jeringa está vacía… aunque no tiene importancia: su brazo de papel no es útil, pero en el cuello hay buenas venas. Se clava el hierro en la carótida soñando con que algún caballo se resistiera a la huida, con que algún caballo decidiera ser fiel a su jinete, que algún caballo eligiese permanecer un ratito más en la cuadra… pero a menudo la esperanza no es más que un ancla demasiado gorda encallando al barco en un puerto de fantasía inalcanzable… Y atrapado entre 16 barrotes de negación, pica y pica la aguja contra el cuello sin resultados diferentes más que la nada, el vacío y la risa de Dios observándole desde su palco… pica y pica con esperanza ciega igual que un parado sin botellas de vino en la nevera, rebuscando a final de mes en su cartera de cuero vacía, esperando que al menos alguna moneda de las chicas se haya quedado pegada entre las fotos de sus hijos.
            Pero nada más que la frustración… nada más que la desilusión… nada más que la realidad, una vecina grosera que se empeña en aparecer siempre en las fiestas sin que nadie la haya invitado. Insiste en seguir clavándose la aguja, porque con un poco de suerte se le meta una burbuja de oxígeno por el cuello… fin del dolor… fin del juego.
            El perro, pequeño y gris mierda, continúa desahogándose esta vez con la derecha hasta que sale disparado igual que un gato mojado al escuchar la puerta de la entrada: es ella. Siempre a punto, siempre dulce, siempre sonriendo… una musa de dientes –los seis- amarillos como restos de papas fritas por culpa del tabaco, con los pechos en pico apuntando hacia los sobacos consumidos como pimientos de padrón fritos, con la barriga desproporcionadamente gorda alimentada a base de cerveza y cola cayéndole hasta casi el principio de la vagina… es su ángel, su musa, su salvadora… desde el rincón donde se rasca el mono huele esa mezcla avinagrada de condón, colonia y orina… su princesa ha regresado al palacio, después de follar con un par de plebeyos viejos pobres: vivimos en el siglo de don Capital, donde hasta las putas pueden ser de marca blanca y meter la polla se cobra por tiempo igual que meter el coche en un parking… las supermodelos a 1000 la hora, las alcohólicas con sífilis a 10 el completo.
            Se tumba a su lado, le acaricia, le besa en la mejilla mientras le pega una patada al perro y le susurra un suave “shh” en el oído para matar su deseo… por primera vez el sonríe en varios días.
-¡Mira lo que te conseguí!
            Mete su mano en las bragas sin lavar, sudadas y pegadas al coño como el papel higiénico mojado y saca una papela de droga pura sin cortar.
            Ella toma una cuchara, calienta la heroína, la sopla… igual que cuando mamá le daba tragos de sopa… absorbe el líquido con la jeringuilla y le pincha el cuello, despacito, rascándole el pelo al mismo tiempo: ya ha sufrido mucho y no tiene necesidad de pasarlo peor… nadie merece el daño vacío aunque se empeñe constantemente en buscarlo.

            Y un rey consumiéndose en su propio cuerpo, cagado, tembloroso, moqueado, se deshace entre llantos y felicidad sintética apoyado en los muslos de una princesa ramera porque tal vez los escritores se confundieron y no eran perdices, castillos ni canciones, sino dolor, miseria y vacío lo que une a dos príncipes enamorados.

lunes, 12 de agosto de 2013

Escrito (12/08/2013)

Intimidad.
            Sudado… borracho… pringado en semen y flujo se queda apoyado contra un pubis suave, aterciopelado, oliendo un poco a orines: con la cabeza apoyada sobre su vagina la mira a través del retrovisor y siente un profundo asco igual que un gordo a régimen justo después de haberse atracado a bollos escondido en la despensa… se coloca unas bragas salpicas en sangre –lo han hecho con la regla para poder correrse dentro- mientras pide disculpas por dejar manchada la tapicería. El coche todavía huele a nuevo, ese hedor que se adhiere a la garganta, nauseabundo, mareante, apestando como la tinta de un bolígrafo que acaba de estallar y encima se junta con el aroma penetrante de los coágulos menstruales: se repugna, tiene ganas de ahorcarla por recordarle que anda atrapado en un laberinto con forma espirílica, en el que hace tiempo abandonó su punto de partida inicial moviéndose con pupilas vacías tropezando, cambiándose de las manos de un promotor insatisfascible al coño de una fan ninfómana cuya mayor aspiración es poder decir que acabo en la cama del guitarrista, enseñar las tetas en las páginas centrales de alguna revista de prensa rosa y por fin acabar pariendo al hijo bastardo de cualquiera de los miembros del grupo, porque en una noche de cama redonda, música y desmadre, el tópico del “sexo, alcohol y drogas” toma un cínico sentido del humor: cuatro miembros en la banda, cuatro eyaculaciones en un útero macerado, una ruleta rusa en el hospital materno-infantil donde las pruebas decidirán a quien le toca el bombo, financiar los biberones, pasar una trasferencia con “asunto: pañales nuevos”.
            Se corrió, ella no, a quien le importa… ella está apenas a uno, máximo dos escalones por encima del onanismo, un pedazo de carne con el que saciar el hambre del ya, un entretenimiento vacío de morbo igual que tumbar cartas bocarriba en una partida de “black-jack” sin apuestas: placer mecánico donde el sexo se reduce a una serie de empujones, gritos y fluidos en el que las emociones se quedan aparcadas en doble fila con los intermitentes encendidos rezando para que nadie vuelva a atropellarlas y esperar aterrorizado el momento en el que otra vez deba salir de caza los apetitos son termitas insistentes que devoran la voluntad hecha de madera, regresando siempre sin ser invitados para torturar a un músico débil que hace tiempo probó el amor, luego el abandono y más tarde polvos promiscuos para olvidar, sin resultado… se ha jurado en dos, tres, quince mil ocasiones que nunca volverá a pasar que la de hoy es la última que la llamará a ella, a la de verdad, a su Eva en cuanto se le pase la borrachera, pero unos huevos cargados a menudo son capaces de amordazar, amarrar y apalear al amor: nueva actuación, nueva chica, nueva oportunidad… el cubata, el pecho operado, el ego gritón hacen el resto.
            Se levanta y un gancho de izquierda invisible le sacude justo por debajo de la cien, le tira contra la barriga tatuada de la grupi, le obliga a vomitar el poco líquido que mantiene en las tripas… la muchacha lo empuja asqueado mientras con una toallita se limpia los restos secos, blanquecinos y agrietados que se derramaron por su cara en el segundo encuentro, las toallitas húmedas suelen ser tan inútiles como la parte azul de las gomas del colegio: borran todo salvo la vergüenza.
            Buen bolo… buen dinero… buen público… todo sería perfecto salvo porque ella todavía sigue ahí: desea que se vaya, que nunca vuelva, que en el fondo todo haya sido un sueño demasiado realista donde los fantasmas regresan a su guarida justo al encenderse la lámpara de la mesita. Con los espectadores le pasa igual: un grupo de gilipollas donde la mayoría van al negocio no tanto por su arte, sino para inflarse al 2x1 en la hora feliz, atiborrarse de manises rancios y gratuitos y ver si ellos también pueden conseguir a alguna chica, normalmente gracias al efecto rebote de las rechazadas por los divos del escenario… si no fuese un gandul, un inservible, un flaco sin fuerzas para cargar bloques de cemento, cajas de frutas o pizzas a domicilio, habría encontrado hace tiempo un trabajo de mierda para personas mediocres, en las que pasaría tan desapercibido entre los vecinos como una pulga recién llegada hasta el lomo de un perro callejero… entonces no sería nadie, no tendría que follarse a un tía distinta cada noche, no habrían interminables giras por provincias: viviría en algún cuarto alquilado con cama, escritorio y armario, llenando solo media nevera con un curro de media jornada y el resto del tiempo estaría tocando para sí mismo, unas pocas veces para aquella puta que lo botó como a una tirita cuando el corte está curado, rasgaría las notas como gatos afilándose las garras en el sofá nuevo de cuero, el whiskey lo tomaría solamente por voluntad propia y no para crear una nebulosa espesa y blancuzca como la leche demasiado aguada entre él y los idiotas que van al bar para colocarse mientras ignoran a uno de los mejores guitarristas semidesconocidos de la edad contemporánea… si su guitarra no le pagara la luz, el agua y la gasolina, por fin podría hacer música.
-¿Me llevas a casa?
-Toma.
            Casi se había olvidado de ella: a veces desearía que el semen tuviera algún tipo de toxina que dejase a las mujeres mudas una vez que te has corrido… le alarga a la chica tres billetes de 10, llama a un taxi, cierra la puerta de golpe cuando intenta darle un beso de despedida... por fin a solas con sus cuerdas, con su madera, con su púa… han pasado diez minutos desde que esa desconocida de pelo sedoso y largo hasta las nalgas lo ha dejado en paz: todo está preparado…

            Los primeros acordes se despiertan a las 7:00 cuando el sol vuelve de juerga, los ojos se aprietan tanto que desea que las lágrimas fuesen cola de carpintero para no tener que regresar jamás, los cristales del coche están totalmente cerrados menos una rendija por la que asoma la punta de la manguera: el otro extremo está colocado en el interior del tubo de escape… enciende el contacto… suena la mejor balada de rock que se conoce desde “Is this love?”… por fin está tocando música.

domingo, 11 de agosto de 2013

Escrito (11/8/2013)

¡Deja de incordiar!
            La espuma le mancha la mano igual que cuando se masturba: el sofá pringado de cebada, kétchup y restos de papas aceitosas, la garganta bañada con la quinta lata de la tarde… en algunas familias la tradición es ir a la playa, desnudar a los niños en la orilla, hacerse fotos semiutópicas jugando con la espuma, abrazados unos a otros con una simpática gotita de arena en la nariz, fotos amariconadas que dentro de 20 o 25 años una chica con los pechos pequeños, la faldita a medio subir y unos tacones de Armani le enseñará a su novio el día que lo presente en casa, tomando alguna botella de vino y puede que unos langostinos… pero no todas las familias salen de un anuncio de detergente: algunas pasan las tardes de los días de fiestas con él tumbado en el sofá, revuelco en su propia mierda de sudor, obesidad y vagancia, mientras las moscas se aparean sobre su barriga arropadas por el calor de sus pedos.
            Sus tetas compiten con las de su esposa y el estómago lleno de lúpulo es tan abultado como los de niños africanos enfermos de hambre… barrigas negras como la conciencia occidental hinchadas por desnutrición, sequía y avaricia norteña: el humor del hombre es una espada cínica forjada bajo la supervisión de los ojos tristes de Jesús. De fondo en la tele algunos jóvenes corren por un césped verde como la muerte intentando meter la bola al fondo de una cesta: él lo mira con la boca entre abierta dejando que aquellas moscas liben en su lengua, coloquen los huevos en las papilas gustativas, se alimenten con el aliento avinagrado de la apatía indiferente, de la envida, de la frustración: un delantero nato que con 19 años pasó de jugar en el equipo del barrio al de la comunidad, debutar en 2ª División, oportunidades claras para subir a la división de honor… tacos de un medio centro en su rodilla, menisco roto, instituto abandonado en mitad del ciclo y un futuro irremediablemente soldado a alguna guarra que preñaría en noches de borrachera celebrando el ascenso de los locales: las gomas se dejan en la mesilla porque el placer supino es lo único que cuenta, el ahora debe disfrutarse al máximo sin pensar en consecuencias futuras que aún no existen, como el niño que roba la bandeja de pasteles para los abuelos y se atiborra sin darle importancia a la posterior regañina –en mis tiempos acompañados de algunas tortas, media paliza-… un futuro vendido a precio de saldo por correrse dentro de la morena de ojos verdes, tetas grandes, culo tragón sin demasiados remilgos… cuatro años más tarde ahí tienes los frutos: un inútil en paro odiando a cualquier “número 9” de toda liga, apoyando la lata de birra en sus lorzas y desesperado por los griteríos de un chaval indeseado a quien no pudo abandonar porque su madre parió mientras aún andaba con muletas.
            El hijo corre en camisilla con un pañal cargado hace ya rato: el hedor a culo y amoniaco irritan a papá que no sabe si seguir soportando la peste ocupando el pequeño salón para dejar sus nalgas pegadas al sofá o bien levantarse, moverse, realizar actividad, limpiar al crío, encerrarlo en el cuarto e interrumpir su sesión de fustigamiento, autocompasión y complacencia, decisión complicada como andar somnoliento en plena resaca tumbado panza-abajo, escuchar gotear el grifo de la ducha y discernir entre torturarse con un taladreo incesante u obligar a piernas de mantequilla derretida a transportar neuronas muertas hasta el baño, cerrar el chorro y probablemente seguir la siesta con la cara metida en el retrete después de una cuarta o quinta vomitona.
            Un niño cagado, gritón y olvidado, un aborto frustrado, un tumor móvil que corretea de pared a pared, pateando una pelota de plástico a medio inflar, con un molesto “¡gol, gol!” en la lengua. Pase al centro… salto en vertical… golpe de mano a la cerveza: llena los inflados huevos de papá con el líquido naranja, frío y pegajoso.
-¡Mierda!¡Ven aquí, subnoraml!
            Agarra del brazo al chaval y cuatro años de ira concentrada en la mano igual que la luz que crece desde la dinamo con el pedalear de la bicicleta, intentan descargarse sobre la mejilla del chico que se salva gracias a una llamada… su mujer… “Llego tarde, aún me queda”… seguramente el anterior cliente sea de estos tíos que toman Viagras antes de ir al puticlub y tardara más de lo habitual en irse: normalmente estos cerdos están tan necesitados, sobreestiman tanto su egocéntrico pene y catan tan de tarde en tarde el agüilla espesa de las vaginas que escupen en un par de minutos… pero algunos se dopan, se crece, se convierten en dandis humillados buscando perversiones insatisfechas por esposas demasiado tradicionales a cambio de un par de veintes y rompen la dinámica familiar de las putas madres de familia… a menudo nos negamos a ver la evidencia: putas, drogadictos, sidáticos… comen, beben y sueñan lo mismo que nosotros, porque quizás así de esa forma pretendamos negar que no somos más que animales débiles en un mundo al que hemos complicado demasiado.
            Su esposa aguanta el vaho ardiendo macerado en ron y whiskey calentando su nuca de docena y media de desconocidos cada semana: los sudores de viejos verdes con fantasías vomitivas, de alcohólicos pestilentes cubiertos por ladillas, de obreros estresados comiéndose un buen pepito a la hora del bocadillo se derrama sobre su espalda, jala de su pelo, golpea sus nalgas mientras reza porque el condón no vuelva a romperse… una chica joven, de tetas gordas, ojos verdes, pelo moreno, pareja del mejor jugador del barrio, condenada a cadena perpetua en una celda de 98 kilos, pezones por el ombligo y marcas de cigarrillos, mordiscos y coca en la cara… nuestro cerebro tiene una amistad tan profundamente arraigada a la farándula televisiva que se nos olvidan que las putas que encarnaba Julia Roberts solo existen en los guiones escritos por escritores que viven en burbujas de caviar hollywoodiense acojonados tras la manta, mirando cautelosos desde las esquinas con miedo de que la realidad les ostie en plena cara. A él no le importa: no penetra a su mujer desde un par de meses después del parto –para eso ya tiene a sus compañeras, a algunas vecinas, a su prima- y las facturas deben pagarse ya sea con dinero cobrado gracias a un gol, a un empleo de albañil o a un preservativo usado.
            Se lo piensa mejor: si pega al niño alguien podría escuchar los gritos, denunciarle, terminarle de joder la vida… así que busca al cachorro que decidieron recoger hace seis semanas tratando de dar una sensación parecida a la felicidad –algunos llaman cangrejo a palitos de plásticos teñidos de naranja-,lo agarra por el pellejo y sin palabras lo tira al niño para que se entretenga jugando con él al fútbol… utilizándole como pelota: al crío le divierten los chillidos de rata china que suelta el animal con cada puntapié.

            Otra nueva lata… retoma el sofá… cambia de canal... tal vez alguien se le estará corriendo en la boca a su mujer en estos momentos… no importa: queda un pack en la nevera.

sábado, 10 de agosto de 2013

Escrito (10/8/2013)

Antiguos alumnos.
            De buena gana los degollaría: full house de hijos, dos varones, tres hembras, porque la lógica del Opus obliga a fustigarse por el uso del condón, el celibato es un hecho natural, pero los maricas son pecadores que eligen el camino de la viciosidad. De buena gana los degollaría, los metería debajo del agua o con el mismo cinturón apretaría de golpe los cinco cuellos juntos: ya le han tirado el frasco de after shave y la colcha nueva de la cama tiembla acojonada viendo a los niños correr con una tostada de mermelada pringada hasta el borde… gritos, caprichos, llantos, caca, pañales… en el fondo votaría a favor del aborto, desearía que fuesen embriones tirado a la alcantarilla, tener la billetera llena gracias a cunas vacías, pero demasiado presión cae sobre un ingeniero de empresa propia, mujer idílica y misa los domingos: vivimos en el país de la anacronía donde aún se persiguen a dioses de madera entre Marzo y Abril con cucuruchos ocultando el rostro y vagabundos recogiendo las frutas semipodridas ofrecidas a la “virgen de”.
-¡Llévate a los niños!
            Sumisa, preciosa, casta… la Biblia es muy clara: el sexo solo como modo de procreación, para eso se juntaron hembra y varón… por suerte existe la “Cláusula Magdalena” que al parecer permite escapas extramaritales con putitas jóvenes de bragas sin goma, chocho siempre húmedo y piernas que no requieren mayor contraseña de apertura que un par de cubatas, un fin de semana en el Sur y algún viajito “de negocios” a países románticos del Norte, donde la copa de petróleo es más rentable que el vaso de tinto y los coches sin capota se escapan de las películas de Humphrey para pasear por autopistas sinuosas a queridas tan jóvenes que follárselas roza la ilegalidad. Puta en la cama, esposa en la casa, señora en la calle: tres patrones, ¿porqué no tres mujeres? Papá termina de afeitarse mientras ella ejecuta la orden, coge a los críos con tirabuzones rubios, trajes por las rodillas y camisetas con tirantes impolutos para llevarlos con el canguro de plasma.
            Barba perfilada en peluquería, doble Windsor  -¿o era temporada de “americano impecable? Reza al señor por no ir haciendo el ridículo- y un par de tiritos por la napia, uno por cada fosa: “snif”, “snif” y ya puede aguantar la insoportable reunión de la promoción del ’94… una cena-baile en algún salón de pijos donde el éxito se mide por la cantidad de ceros a la derecha, la hermosura se consigue a golpe de sauna, entrenamiento y bisturí y las conversaciones giran en torno a la calvicie, la gordura, la sonrisa del payaso bipolar, pero siempre con un “todavía estás igual, ¡qué cabrón!”… ¿Mejor guardar un par de micras en el neceser de viaje de ella? Mejor un gramo por si la cosa se desmadra y toca trasnochar… tiene que aguantar el pie: la fiesta termina a las 2:00, a las 8:00 piscina de los machitos, a las 9:30 ballet de ellas, 11:00 visita-almuerzo en casa de su puta madre, a las 16:00… futuro, futuro, futuro que esta noche se dará de bruces con el ayer: charlas, cumplidos y piropos enlatados, fijados de antemano, fabricados en casa desde que llegó la invitación como calamares de congelador precocinados en bolsa de plástico listos para freír.
            Hoy exalumnos, el lunes reunión con los de recursos humanos, el martes Asociación de Padres y Madres, el miércoles almuerzo con los socios… las mentes podridas viven adelantándose constantemente al tiempo, olvidándose de que la vida es igual que un saxofón: solo suena bien cuando se sigue una partitura escrita totalmente en blanco.
            Aprietan los nervios: encuentro con antiguas novias, actuales coños sustitutos, soportar abrazos rotos de profesores que bajan la mano más allá de la cadera con sospechosa insistencia y una foto llena de fundas blancas para guardarse en un altillo y hablar al año siguiente del cariño que le tienen… esclavos de un mañana hipotecado, dependientes de las aprobaciones del ayer: hoy solamente es un trámite desaborido.
            Un copazo para calmar la ansiedad.

-¡Al coche!-grita a sus cachorros con supina dulzura delante de los vecinos.