lunes, 2 de enero de 2012

Garitas.

Decidí distraerme de la gripe escribiendo un poco...si es que hasta de la enfermedad se saca algo bueno. Espero que disfruten y, si lo consigo, que aprendamos un poco. Un abrazo!!!


GARITAS
            Poca gente no se olvida de que en cierto modo, la guerra civil comenzó en Las Islas Canarias, más concretamente en Telde. Quizás por ello ocurrió el efecto de la concha del caracol que obliga a que todo vuelva a su punto de origen y de ahí que las costas de esta ciudad fueran plagadas de nidos de ametralladoras hechas con las piedras playeras previendo una defensa contra ataques que jamás llegaron, pero que aun así angustiaban a los isleños que desconocían su porvenir tanto como su pasado, ante la idea de que una bomba, una bala o un caudillo podría romper la pausa atlántica…una angustia mayor a la de la propia guerra, ya que, no existe un terror comparable al que solo es una imagen dentro del cráneo.
            No hubieron batallas en el archipiélago, aunque sí posteriores matanzas amparadas en la ley de la España una, grande y libre, así como resolución de rencillas locales durante el conflicto, tanto de encarnados como de sublevados, pues lo de que los atlantes se destruyan mutuamente en lugar de mirar juntos hacia el verdadero enemigo es algo que viene de muy viejo. Asesinatos de guerra: de eso si que tuvimos en las afortunadas y no es de extrañar, pues cuando estalla una masacre entre vecinos no estás matando a un moro cuyo nombre te es impronunciable: a ese le pegas un tiro y te ponen una chapa en el pecho. En las guerras civiles estás matando a Paco Pepe, quien no quiso prestarte el dinero para pasar el mes haciendo que perdieras tu casa…Disparas contra el hijo de los Betencourt que montaron una pastelería a dos pasos de la tuya, pero mejor, consiguiendo que no te quedase otro remedio que alimentarte con el harina de tu negocio….Violas a María que se negó a ser “tuya” durante tiempos de paz y ahora aprovechas que nadie te mira mal, sino que te aplauden los de tu bando, porque ella no es una mujer, María ya no es María, ahora es una detractora/defensora del sistema y se merece toda vejación, dolor y podredumbre que puedas proporcionarle: después de todo lo haces por el bien de tu país, de su país, lo haces por ella, ya que, María, al igual que la otra mitad del Estado, no sabe lo que le conviene y tú, sea del modo que sea, vas a enseñárselo. En las guerras civiles uno no mata por dinero, ideales de ceniza o por llenarse la barriga: en estas clase de guerras uno se echa la escopeta al hombro buscando la venganza, la satisfacción psicopática –morbosa incluso-y el ajuste de cuentas que en tiempos relativamente civilizados se te niega. ¿Deseas ser un héroe? Una vez acabada la guerra, coge a un niño casi de teta, dispara en las rodillas a su padre  el farmacéutico, el que no te vendió las medicinas de tu mujer porque las guardaba para otro cliente  y oblígale a mirar mientras partes el esqueleto del bebé con el sacho y cuando acabes, te acercas al cuartel del bando vencedor –no importa que no comulgue con tus principios- y lo denuncias como conspirador: te aseguro que nadie se molestará en comprobarlo, créeme…habrás dado fin al problemilla con tu vecino por el módico precio de dos vidas, una mentira y un alma: una ganga en comparación a la que se te vendría encima durante períodos pacíficos.
            De esa forma transcurrió la revolución para los isleños, salvo para uno, que se sepa. A Manolo “el Bello” la guerra le estalló haciendo la mili en el centro y cuando lo llamaron a filas estaba comiéndose un pescado de esos insípidos que nunca han tenido que pelear contra el agua salada, bañado con un buen vaso de vino: este almuerzo aun sin el Bello saberlo, fue un cínico símbolo de lo que le estaba por venir…incluso por primera vez los ojos del pescado que estaba comiendo cobraron personalidad y miraron a Manolo con malicia antes de ser devorados: que bien sabe la gelatina ocular cuando se te desparrama entre los dientes.
            No se sabe cuantos enemigos mató el Bello ni tampoco en que creía ese hombre. Se pasaba el día casi completo borracho de arriba abajo para soportar la fealdad de a guerra…pero no hablo de las batallas: sus compañeros lo ridiculizaban instante tras instante por su acento, por su inutilidad para todo lo que no fuese apretar el gatillo, por su inadaptada voracidad y, especialmente, por su cara infectada por las marcas de la viruela: tenía tantos hoyos en la piel que parecía que millones de moscas a diario le escarbaban los cachetes formando agujeros donde ponían sus huevos…más tarde, las larvas de estos huevos subcutáneos rompían el cascarón, devoraban la carne, huían de la peste del hombre nada más lograr las alas y dejaban tras de sí los surcos del nacimiento. Insultos, palizas y violaciones: así transcurrió el conflicto para él. Normal que se cegara matando personas oculto en las trincheras. No por una cuestión de odio –en ese caso las balas habrían ido en la dirección contraria- ni tampoco por aliviar su frustración: el Bello nunca encontró en sus años algo para lo que valiera, algo en lo que ser bueno, algo por lo que los demás tuvieran un motivo para acariciarle el lomo, darle unas palmaditas y puede que incluso una palabra amable si se terciaba, hasta el momento de la guerra. Matar. Para este hombre era algo así como un deporte, un entretenimiento que lo hacía olvidar –los niños de ocho años hacen lo mismo por medio de la play- y, la verdad que matar, era una cosa que Manolo hacía genial. Tampoco sorprende que alguien que estuvo siempre desprovisto de vida fuese tan acertado finalizando la de los otros.
            Tres años y estalla la paz. El Bello, ahora cabo primero, que siempre mantuvo la mirada perdida y la boca constantemente entreabierta, igual que un mero, de repente juntó los labios y llenó sus pupilas con tristeza, decepción, incertidumbre. ¿Ahora qué? Durante la belicosidad cuantos más cadáveres más status, pero durante la paz…Seguro que si el Bello hubiese sido alguien de cara a la historia oficial, habrían escrito que fue el primer soldado que se entristeció por vencer una guerra. ¿A qué dedicarse?¿De qué manera sobreviviría?¿Cómo se iba a entretener ahora? Para olvidarse de su vida todavía le quedaba el vino, pero sin poder matar de forma legalizada, los recuerdos iban a esponjarle el cerebro hasta llegar al centro, justo de donde nadie puede sacarlos y estarían día y noche chillándole, acosándole, torturándole…y no serían gritos que le recordarían quien es, sino alaridos susurrantes que le recordarían que no es. Y allí estaba con su boquita de piñón cerrada, sus ojitos como los de un niño que se suelta en el mercado de la mano de su madre y antes de poder reaccionar ya estaba de vuelta a las islas con una paga de militar más simbólica que práctica y viviendo en una garita de las que se usaron como nidos de ametralladors, junto a la costa de Telde: al Bello la muerte, el mar y la guerra lo acompañarían siempre.
            Su garita era pintoresca. Incrustada entre los callados como uno más, solo que gigante, al lado de un bufadero que no paraba de resongar furiosamente y salpicar agua hora, tras hora, tras hora…mojando la casa del Bello. A él le gustaba salir y sentarse en una piedra a no mirar el infinito con los ojos extraviados dejándose manchar por el agua. Esporádicamente vivía. Se sustentaba trabajando como tripulante en barcos pesqueros y también gracias a lo que lograba arrebatarle al Atlántico ya fuera con su caña al agua o con su cuchillo a las rocas. La voracidad del Bello no se perdió con la paz y su apetito muchas veces lo empujaban a devorar vivos lapas, caracoles, sargos, o viejas…parecido al sushi, pero sin arroz. Gustaba de introducir a los peces por la cola, no tanto para causarles sufrimiento, sino para notar el contacto de su cola contra el paladar: le agradaban esos golpitos. Llegaba hasta la base de la cabeza en dos bocados y, por el camino, la sangre y varias espinas se le vertían sobre el pecho. Nunca se comía la testa –aunque sí los ojos- y solía botarla por encima de su hombro sin mirar, a donde callera, dentro o fuera de la garita, era indiferente. Las personas que caminaban por el paseo que se había ido construyendo en la costa teldense, sentían al unísono repugnancia y tristeza hacia Manolo…pero la primera siempre ganaba a la última y pocas veces le dirigían palabras a su vecino: algún hola, alguna burla alejada, poco más. Él los miraba sonriente con una risotada gutural mientras enseñaba la cabeza del pescado. En el fondo, también le escupían cierto cariño superficial, porque el Bello, en la costa, encontró otro nuevo desempeño que no se le daba mal…ironías, pero se le daba bien salvar: a lo largo de los años muchos cayeron en la playa de las garitas y Manolo los salvó uno por uno gracias a su peculiar destreza para el nado. Todos le daban las gracias –así está estipulado, es una ley social, incluso cuando es Manuel el Bello quien te rescata- y él por “de nada” dejaba oír su risita gutural.
            Hoy no es distinto. Un niño se resbala con el sanchasqui, rueda por los callados, rasguñándose la carne, con tan mala pata que se cae directo al bufadero. El Bello no se lo piensa, se saca la cola de su boca de piñón entre abierta y se tira al agua a por el niño a quien coge por el fondillo del culo –apenas pesaría quince kilos- y consigue ponerlo sobre las rocas. Pero este día sucedió algo diferente: los curiosos que estaban arremolinados contra la barandilla del paseo, no vieron salir de nuevo a Manolo. No oyeron su risa gutural. No supieron de él.
            Llegan los de las sirenas y atienden al niño. Transcurrió tanto tiempo entre el socorro y su llegada que fue más lógico dar por muerto al Bello que tratar de rescatarlo. Hombre sin familia que despertó la curiosidad de bomberos, vecinos y policías, los cuales entraron a la garita, hogar de Manolo y allí solo encontraron cadáveres de peces colocados artísticamente en una de las esquinas, un colchón amarillento, sin mantas, con olor a amoniaco, un balde-letrina y varios tetrabricks no de leche, presuponiblemente.
            La ley obligó a buscar los restos del exsoldado y así se hizo, aunque sin resultados: las morenas son pirañas atlánticas y no perdonan el cuerpo de un sicario pescador. Y otra ley, no tan de libro, obligó a hacer un último recordatorio –el primero en realidad- sobre Manolo el Bello en alguna parroquia de Telde a la que asistieron sus vecinos: entre todos no habían cruzado más de cincuenta palabras con el muerto. Descansa tranquilo Bello, tan tranquilo como curiosamente estaba el bufadero el día que te matastes.

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